La Feria del Libro abre sus puertas y Buenos Aires vuelve a oler a tinta, café caro y egos plastificados. Afuera, los escritores sin apellido ilustre miran desde la vereda, con la nariz pegada al vidrio. Adentro, los grandes sellos se reparten los stands como feudos medievales. Publicar un libro hoy se parece demasiado a ganar la lotería sin haber comprado el boleto: improbable, pero útil para sostener la ilusión.