La historia, esa maestra silenciosa a la que tantas veces damos la espalda, nos ha enseñado que las sociedades no se desmoronan por la falta de convicciones, sino por el exceso de certezas absolutas. El fanatismo, ese fuego que pretende iluminar quemando al que piensa distinto, se ha convertido en el gran mal de nuestro tiempo, una patología del espíritu que reduce la complejidad de la existencia a un tablero de ajedrez en blanco y negro. Como comunicador que ha visto pasar décadas de archivos y relatos, observo con preocupación cómo el diálogo —ese arte de la pausa y la escucha que cultivábamos en la radiofonía de antaño— ha sido reemplazado por el grito. El fanático no busca la verdad; busca la confirmación de su propio prejuicio. En su afán por pertenecer a una tribu, entrega su capacidad crítica a cambio de una identidad prestada, convirtiendo al vecino, al colega o al amigo en un enemigo existencial por el solo hecho de habitar un matiz diferente. El daño que el fanatismo in...
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