No fue un trueno. Fue algo peor: un veredicto. Seco, quirúrgico, sin metáforas. Un jurado en Los Ángeles decidió decir en voz alta lo que medio mundo sospechaba en silencio: que las plataformas más luminosas de nuestra vida cotidiana tienen un diseño oscuro. Que no son inocentes. Que no son neutras. Que seducen. Y que, peor aún, saben a quién están seduciendo.