Observo con una mezcla de estupor y de infinita fatiga el espectáculo dantesco que ofrecen, día tras día, los representantes del partido peronista en los pasillos de ese palacio legislativo que, por momentos, parece más un museo de cera de la antropología política que una cámara moderna. Es una puesta en escena fascinante, sí, pero fascinante como puede serlo el naufragio de un barco cargado de oropeles falsos. Lo que vemos en la Cámara no es otra cosa que el estertor de una casta que se niega a aceptar que el calendario ha seguido su curso. Se mueven con esa arrogancia de quien se cree dueño de la voluntad ajena, de quien está convencido de que el "pueblo" es una propiedad privada que se hereda por libreta de afiliación. Pero se equivocan. Se equivocan de manera estrepitosa, ridícula, casi tierna si no fuera porque en el medio nos han hundido en la miseria más abyecta. Durante ochenta años —ocho décadas de una voracidad insaciable— nos vendieron la religión de la "jus...
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