Es una noche húmeda en Buenos Aires. Afuera del estudio, la ciudad respira ansiedad: taxis apurados, persianas bajas en algunos comercios, bares llenos de discusiones políticas y mesas donde ya no se habla de fútbol sino del precio de la carne, del alquiler y del dólar. La Argentina atraviesa otro de esos momentos en que parece discutir su destino cada mañana.