La universidad argentina, ese templo de pizarrones gastados y bibliotecas con olor a humedad, hoy se parece más a un "mercado persa": cada facultad regatea por migajas de presupuesto, como si el conocimiento fuera fruta pasada al final del día. Pero tras la metáfora, los números golpean con la frialdad de un invierno sin calefacción.