Argentina discute mucho y conversa poco. Grita bastante y escucha casi nada. Tal vez porque vivimos en la época del algoritmo, ese nuevo oráculo que no habla desde Delfos sino desde una pantalla. El algoritmo no premia la sensatez: premia el escándalo. No recompensa la verdad: recompensa la furia. Y así estamos, gobernados muchas veces no por estadistas sino por tendencias.