LO ÚLTIMO

El Fanatismo como Erosión Social


 

La historia, esa maestra silenciosa a la que tantas veces damos la espalda, nos ha enseñado que las sociedades no se desmoronan por la falta de convicciones, sino por el exceso de certezas absolutas. El fanatismo, ese fuego que pretende iluminar quemando al que piensa distinto, se ha convertido en el gran mal de nuestro tiempo, una patología del espíritu que reduce la complejidad de la existencia a un tablero de ajedrez en blanco y negro.


Como comunicador que ha visto pasar décadas de archivos y relatos, observo con preocupación cómo el diálogo —ese arte de la pausa y la escucha que cultivábamos en la radiofonía de antaño— ha sido reemplazado por el grito. El fanático no busca la verdad; busca la confirmación de su propio prejuicio. En su afán por pertenecer a una tribu, entrega su capacidad crítica a cambio de una identidad prestada, convirtiendo al vecino, al colega o al amigo en un enemigo existencial por el solo hecho de habitar un matiz diferente.


El daño que el fanatismo inflige a la sociedad es profundo y, a menudo, invisible en sus primeras etapas. Primero, erosiona el lenguaje. Las palabras dejan de ser puentes para convertirse en proyectiles. Conceptos como "justicia", "libertad" o "memoria" se vacían de su contenido universal para ser secuestrados por facciones que los usan como escudos. Cuando el lenguaje se corrompe, la realidad se fragmenta, y una sociedad que no puede ponerse de acuerdo en el significado de las palabras básicas está condenada a la incomprensión crónica.


En segundo lugar, el fanatismo anula la empatía. Al deshumanizar al "otro", al etiquetarlo bajo un estigma simplista, eliminamos la posibilidad de reconocer su dolor o su razón. Es aquí donde la historia nos lanza sus advertencias más severas: todo gran conflicto humano comenzó con una idea que se volvió sagrada y una persona que fue declarada prescindible.


Hoy, bajo la luz artificial de las pantallas y el ritmo frenético de los algoritmos, el fanatismo ha encontrado un terreno fértil. La calma nocturna en la que escribo estas líneas invita a una reflexión necesaria: la salud de una sociedad se mide por su capacidad de sostener el desacuerdo sin recurrir al odio. La simplicidad voluntaria que pregono no es solo material; es también mental. Consiste en despojarse de la soberbia de creerse poseedor de la única verdad.


Debemos rescatar la duda como una virtud civil. Solo cuando aceptamos que nuestra visión es parcial y que el "otro" guarda un fragmento de la realidad que nos falta, podemos empezar a reconstruir el tejido social. La historia no la escriben los que gritaron más fuerte, sino aquellos que, en el silencio de su estudio y con la paciencia del cronista, supieron entender que la vida, como la música, solo es bella cuando permite la armonía de distintas notas.


Por: Claudio Aníbal Novillo


Si quieres conocer más sobre mi trayectoria de 40 años en los medios, te invito a leer mi biografía aquí: Ingresar > >