La escena podría parecer menor si no fuera brutalmente humana. Un jubilado rompe sus lentes. No pierde un lujo ni un capricho: pierde la vista cotidiana. Pierde la posibilidad de leer, de caminar con seguridad, de distinguir el mundo más allá de una mancha borrosa.
En un país razonable, el problema duraría horas. A lo sumo un par de días.
Pero aquí interviene el sistema.
El mecanismo es impecable sobre el papel. Existe un médico de cabecera. Existe una herramienta moderna llamada "Orden Médica Electrónica (OME)". Todo está digitalizado, protocolizado, prolijamente explicado en manuales y presentaciones de PowerPoint que seguramente entusiasman a más de un funcionario.
El jubilado solo debe hacer algo simple: contactar a su médico de cabecera y pedir la orden.
Entonces aparece la Argentina real: El médico no tiene turnos disponibles. El teléfono no responde. El correo electrónico permanece en silencio, como un buzón abandonado.
El jubilado insiste. Llama. Espera. Vuelve a llamar. Finalmente recurre al número institucional de PAMI, el 138, esa línea que promete respuestas. Del otro lado llega la frase más peligrosa de la administración pública argentina: "El sistema es así. Seguramente el médico lo resolverá." Seguramente.
En este país esa palabra suele ser una forma elegante de decir: arréglese como pueda. Mientras tanto pasan los días. Y para alguien que no ve bien, los días pesan distinto. Caminar por la casa se vuelve un ejercicio de memoria. Leer es imposible. Salir a la calle exige una prudencia casi infantil.
No ver no es un detalle. Es vivir a medias.
El sistema, tan moderno y digital, logra entonces una hazaña involuntaria: deja a una persona mayor casi veinte días sin poder ver con claridad. Veinte.
No por falta de médicos. No por una enfermedad extraña. No por una tragedia sanitaria. Sino por la lenta coreografía de un engranaje burocrático que funciona con la precisión de un reloj… detenido.
Al final ocurre lo que suele ocurrir en la Argentina: el sistema no resuelve nada. Lo resuelve una persona.
El médico, finalmente, se apiada y extiende la OME. No porque el mecanismo haya funcionado, sino porque alguien decidió ejercer algo que ningún algoritmo contempla: la compasión.
Y ahí aparece la pregunta incómoda. ¿Para quién está pensado este sistema?
Porque en los discursos oficiales la modernización suena maravillosa. Plataformas digitales, órdenes electrónicas, trazabilidad médica. Todo parece diseñado por un país eficiente, casi escandinavo.
Pero cuando uno mira la experiencia concreta del jubilado, el cuadro es otro: una persona mayor mendigando atención básica mientras el sistema le repite que todo está en orden. La burocracia argentina tiene ese talento singular: convierte lo sencillo en una travesía.
Un par de lentes termina siendo una odisea administrativa. Un trámite breve se transforma en una espera absurda. Y el jubilado —que aportó durante décadas— termina atrapado en una red de protocolos donde nadie parece responsable.
Mientras tanto, la vida sigue. Pero borrosa.
Tal vez el problema no sea la tecnología. El problema aparece cuando el sistema se vuelve más importante que la persona que debería ayudar.
Porque un país puede presumir de digitalización, de plataformas y de órdenes electrónicas. Pero si un jubilado necesita casi tres semanas para recuperar la vista, entonces el diagnóstico es sencillo.
El sistema ve perfecto. El que quedó a oscuras es el ciudadano.
Por: Claudio Novillo
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