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Pragmatismo extremo y una relación con Trump para tomar notas

 


Caracas — En los últimos días, Delcy Rodríguez ha pasado de ser una figura clave del chavismo a ocupar los reflectores internacionales como presidenta interina de Venezuela, un título ceremonioso que ha generado más preguntas que respuestas claras.

La carrera política de Rodríguez, de 56 años, se forjó desde los primeros años del chavismo y se consolidó como vice­presidenta desde 2018, además de manejar sectores estratégicos como el de inteligencia y la economía bajo Nicolás Maduro. Su ascenso es también el de una operadora política que ha sabido mantener su puesto incluso cuando los contextos cambiaban dramáticamente.

Uno de los episodios más curiosos —y a la vez reveladores de su pragmatismo— fue la decisión, en 2016, de que Citgo Petroleum, una filial estadounidense de la estatal PDVSA, transfiriera 500 000 dólares al comité de investidura de Donald Trump en Washington. En teoría una contribución común en la política del Norte, en Venezuela ese gesto quedó grabado como una paradoja digna de una novela: el aparato del Estado que critica al “imperio” financiando al líder del Partido Republicano.

La jugada —que estuvo acompañada de intentos de acercarse a legisladores y ejecutivos petroleros en EE. UU.— no abrió las puertas esperadas. Trump terminó enfocándose en la “restauración de la democracia” venezolana como prioridad, ante las presiones desde el Capitolio y la crítica internacional sobre el autoritarismo de Caracas.

Sin embargo, la relación entre Rodríguez y Trump ha tenido, por decirlo suavemente, altibajos interpretativos. Tras la captura militar estadounidense de Nicolás Maduro —hecho sin precedentes en la región—, Trump elogió públicamente a Rodríguez como un potencial socio de transición en Caracas, aunque luego aseguró que no hubo coordinación directa previa con ella antes de la operación.

Rodríguez, por su parte, ha tenido que caminar sobre una cuerda floja diplomática: un día rechazando injerencias extranjeras con una retórica que evoca viejas consignas revolucionarias, al siguiente invitando al Gobierno de Estados Unidos a una “agenda de cooperación respetuosa”. Ese tipo de giros dejan a los observadores internacionales preguntándose si el pragmatismo es herejía o herramienta indispensable en un país al borde de la incertidumbre.

En Venezuela, su hermano Jorge Rodríguez también figura como un actor político relevante, habiendo ocupado cargos importantes y liderado la Asamblea Nacional en los momentos recientes. El dúo fraternal domina sectores del poder y es visto por muchos analistas como un factor de estabilidad interna —o de perpetuación del statu quo— dependiendo de quién cuente la historia.

En cuanto a ideología, Rodríguez se ha identificado durante décadas con el proyecto bolivariano-socialista, aunque en ocasiones sus acciones han parecido más transaccionales que doctrinarias. Su pragmatismo político ha generado interpretaciones que van desde la de una estratega cambiante hasta la de una figura cuyo único dogma es mantenerse en el centro del tablero de poder. Lo que hace de su liderazgo una lectura compleja y, en muchos aspectos, irónica para quienes siguen el devenir venezolano.

En síntesis, Delcy Rodríguez parece destinada a ser recordada como una funcionaria para la historia contemporánea de Venezuela que combinó viejas lealtades ideológicas con tácticas poco convencionales —incluyendo un gesto financiero hacia un presidente estadounidense adversario— todo mientras navega un escenario político internacional impredecible