LO ÚLTIMO

El Teide no es el apocalipsis



El Instituto Geográfico Nacional ha contabilizado cerca de un millar de terremotos en un nuevo enjambre sísmico en Las Cañadas del Teide


En las últimas semanas, cada bostezo del subsuelo ha sido amplificado como si fuera el tráiler de una superproducción apocalíptica. Tiembla una taza en la alacena y ya hay quien desempolva profecías mayas, mapas secretos y teorías que harían sonrojar a Netflix.

Respiremos.

El protagonista involuntario de esta novela sísmica es el Teide, ese gigante hermoso que domina Tenerife con la elegancia de quien sabe que no necesita gritar para imponer respeto. Y el escenario, las Islas Canarias, un territorio que —conviene recordarlo— nació del fuego y del océano, no de un PowerPoint conspirativo.

Blanco sobre negro

Primero, los hechos.
Los temblores registrados en las últimas semanas son de baja magnitud. Microseísmos. Movimientos que, en muchos casos, ni siquiera se perciben sin instrumental técnico. Forman parte de la dinámica habitual de una zona volcánica activa. Habitual no significa inofensiva eternamente. Significa que entra dentro de lo esperado.

Segundo, la ciencia no está improvisando. El monitoreo lo realiza el Instituto Geográfico Nacional junto con el Instituto Volcanológico de Canarias. Sensores, estaciones sísmicas, análisis geoquímicos, deformación del terreno: todo bajo vigilancia constante. Si hubiera indicadores claros de una erupción inminente, la información sería pública. No vivimos en una película de espías, vivimos en un Estado que activa protocolos cuando corresponde.

Tercero, la historia reciente ayuda a dimensionar. En 2021, la erupción de La Palma mostró algo fundamental: los sistemas de vigilancia funcionan. Hubo seguimiento previo, evacuaciones ordenadas y comunicación permanente. No fue agradable. Fue serio. Y fue gestionado con datos, no con cadenas de WhatsApp.

La tentación del apocalipsis

¿Por qué entonces cada temblor desata una catarata de teorías? Porque el miedo vende. Porque el algoritmo prefiere el incendio al bostezo. Porque siempre hay alguien dispuesto a convertir una vibración de 2,1 grados en la banda sonora del fin del mundo.

Pero el Teide no necesita marketing del caos. Es un volcán activo, sí. Como lo ha sido durante miles de años. La actividad sísmica actual indica reajustes internos, liberación de energía, dinámica geológica normal en un sistema vivo. No hay —hasta ahora— señales inequívocas de una erupción inminente. Y en vulcanología, las palabras importan. “Posible” no es “probable”. “Actividad” no es “explosión”.

Calma no es negación

Calma no significa negar la naturaleza volcánica del archipiélago. Significa entenderla. Vivir en las Islas Canarias es convivir con una geología poderosa, pero también con uno de los sistemas de monitoreo más avanzados de Europa.

Si algún día el volcán decide hablar más alto, habrá señales: aumento sostenido de magnitud sísmica, deformaciones significativas del terreno, cambios geoquímicos claros. Nada de eso está ocurriendo en términos alarmantes hoy.

Lo demás —las bases secretas bajo el cráter, los experimentos energéticos, los planes ocultos— pertenece más al género fantástico que a la geofísica.

La verdad, sin dramatismo

El subsuelo se mueve porque está vivo. Punto.
La ciencia observa. Punto.
Las autoridades informan. Punto.

Lo que no ayuda es el ruido. Y en tiempos donde cualquier susurro digital se convierte en trompeta del Apocalipsis, conviene volver a lo básico: datos verificables, fuentes oficiales y sentido común.

El Teide no está anunciando el fin de nada. Está haciendo lo que ha hecho siempre: recordarnos que bajo nuestros pies hay historia ardiente, pero también monitoreo constante y conocimiento acumulado.

Menos conspiración.
Más geología.

Por: Claudio Novillo

Si quieres conocer más sobre mi trayectoria de 40 años en los medios, te invito a leer mi biografía aquí:
Ingresar >>