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Reforma laboral: los fantasmas que no existen



En Argentina, cada vez que se pronuncia la palabra “reforma” se desatan tormentas bíblicas. Los profetas del apocalipsis sindical anuncian que el trabajador quedará desnudo, sin derechos, condenado a la esclavitud moderna. Sin embargo, basta leer el articulado aprobado en Diputados y debatido en el Senado para descubrir que, lejos de ser una guillotina, la reforma laboral trae beneficios concretos para quienes trabajan de verdad, no para quienes viven de la retórica. 

 


Lo que sí cambia para bien


- Licencias médicas garantizadas:** el polémico artículo 44, que recortaba derechos, fue eliminado. El trabajador mantiene cobertura plena en caso de enfermedad o accidente.  


- Indemnizaciones más claras y previsibles:** se redefine el régimen para evitar juicios eternos y asegurar que el empleado cobre lo que corresponde sin dilaciones.  


- Convenios colectivos más flexibles:** se habilita la negociación sectorial, lo que permite adaptar condiciones a nuevas realidades productivas sin perder derechos básicos.  


- Modernización de contratos:** se reconocen modalidades de trabajo que antes quedaban en un limbo legal, protegiendo al trabajador frente a la informalidad.  


Los inventores de catástrofes


Los que gritan "¡se acaba la justicia social!" parecen no haber leído el texto. Prefieren inventar monstruos: que se eliminan las vacaciones, que se precariza todo, que el obrero será un esclavo digital. Nada de eso existe en el articulado. Es un teatro de sombras, útil para mantener privilegios de cúpulas sindicales más preocupadas por sus cajas que por los derechos de sus afiliados.  


Una mirada editorial


La reforma laboral no es la panacea, pero tampoco el infierno que algunos pintan. Es un intento —tardío, imperfecto, pero necesario— de actualizar un sistema rígido que ya no respondía a la realidad. El trabajador argentino, ese que madruga, que se enferma, que necesita certezas, encuentra en la reforma un marco más claro y menos litigioso.  


Los que inventan males descomunales ante su aplicación no defienden al trabajador: defienden su propio negocio del miedo. Y en ese negocio, el obrero es apenas un actor secundario.

Por: Claudio Novillo

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