Observo con una mezcla de estupor y de infinita fatiga el espectáculo dantesco que ofrecen, día tras día, los representantes del partido peronista en los pasillos de ese palacio legislativo que, por momentos, parece más un museo de cera de la antropología política que una cámara moderna. Es una puesta en escena fascinante, sí, pero fascinante como puede serlo el naufragio de un barco cargado de oropeles falsos.
Lo que vemos en la Cámara no es otra cosa que el estertor de una casta que se niega a aceptar que el calendario ha seguido su curso. Se mueven con esa arrogancia de quien se cree dueño de la voluntad ajena, de quien está convencido de que el "pueblo" es una propiedad privada que se hereda por libreta de afiliación. Pero se equivocan. Se equivocan de manera estrepitosa, ridícula, casi tierna si no fuera porque en el medio nos han hundido en la miseria más abyecta.
Durante ochenta años —ocho décadas de una voracidad insaciable— nos vendieron la religión de la "justicia social" mientras ellos, los sumos sacerdotes del modelo, se enriquecían con una obscenidad que haría palidecer a los zares. Han sido ochenta años de fabricar pobres para luego ofrecerles las migajas de lo que ellos mismos les robaron. Es un círculo vicioso, una estafa piramidal que ha convertido a una nación que supo ser el granero del mundo en un páramo de inflación, asistencialismo y desolación educativa.
Vean a sus representantes ahora. Se aferran a sus bancas como náufragos a una balsa de aceite. Gritan, gesticulan, invocan a sus muertos sagrados, pero en el fondo solo están defendiendo sus prebendas. Están defendiendo el "kiosquito", el privilegio, la jubilación de privilegio, el chofer pagado por el Estado, la capacidad de nombrar a la prima, al sobrino y al amante en una oficina pública que no sirve para nada. Les aterra la libertad porque la libertad requiere talento, y ellos solo tienen obediencia.
La ideología que hoy defienden en el Congreso es una pieza de arqueología. Es el colectivismo rancio que atrasa un siglo. Pretenden regularlo todo, asfixiarlo todo, controlar hasta el último suspiro de quien intenta emprender, porque saben que un ciudadano independiente es un ciudadano que ya no los necesita. Y ese es el gran pánico de la nomenklatura peronista: la obsolescencia.
Se creían los dueños del destino argentino. Se sentían los herederos naturales de una voluntad popular que, pensaban, jamás despertaría del embrujo. Pero el hechizo se ha roto. El país ha dicho basta a esa farsa de "combatiendo al capital" mientras ellos veranean en yates en el Mediterráneo.
Lo que presenciamos en el recinto es el final de una era. Es la orquesta del Titanic tocando una marcha peronista desafinada mientras el agua ya les llega a las rodillas. Argentina ha decidido dejar de ser un museo de los errores del siglo XX para intentar, por fin, ser un país normal. Y ellos, los señores del atraso, no son más que fantasmas del pasado intentando asustar a una sociedad que, sencillamente, ya no les tiene miedo. Se acabó el tiempo de la prepotencia. El dueño de la voluntad del pueblo es, por fin, el pueblo mismo. Y el veredicto es inapelable: el modelo que nos destruyó tiene las horas contadas.
Por: Claudio Novillo
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