LO ÚLTIMO

El Negocio de la Nada



La televisión abierta argentina parece haber tomado una decisión editorial radical: renunciar a la inteligencia y apostar todo al circo. Creando una triste paradoja para el telespectador: nunca fue tan fácil encenderla y nunca fue tan difícil encontrar algo que valga la pena mirar.


Uno enciende el televisor y aparece ese zoológico humano llamado "Gran Hermano". Un programa donde la principal habilidad consiste en no hacer absolutamente nada; pero hacerlo frente a las cámaras y durante meses. Allí un grupo de desconocidos convive mientras millones observan, como si estuvieran frente a una pecera, cada bostezo, cada pelea, cada romance prefabricado. La promesa es simple: encerrarse, discutir, exhibirse… y, con un poco de suerte, salir millonario. El mérito, la preparación, el talento: detalles menores.


El mensaje que flota en el aire es devastadoramente claro. No hace falta estudiar demasiado, ni trabajar demasiado, ni pensar demasiado. Basta con exponerse, provocar, seducir, llorar a cámara o inventar un conflicto. La fama llega rápido, el dinero también, y el esfuerzo queda para los tontos que todavía creen en él.


Antes había que estudiar un tema, actuar bien, cantar afinado o al menos tener algo interesante que decir, para ganar dinero y notoriedad. Hoy basta con encerrarse en una casa, discutir por un plato de fideos y practicar la noble disciplina de la holgazanería televisada.


Es la pedagogía del mínimo esfuerzo: fama instantánea para el que grita más fuerte, llora más seguido o exhibe más piel. El talento no suma puntos. La cultura, directamente, resta.


Pero cuando uno cambia de canal para escapar de ese experimento social llamado Gran Hermano, descubre con cierta tristeza que la casa no era el problema. La casa era apenas el tráiler.


Recorriendo canales empiezan a aparecer los panelistas: esa nueva aristocracia del micrófono fácil. Opinadores profesionales capaces de pontificar con la misma seguridad sobre geopolítica, inflación, relaciones tóxicas, el clima, la vida extraterrestre y la dieta keto. Todo en el mismo bloque, todo con idéntica solemnidad, todo sin la molestia de haber estudiado demasiado.


La televisión descubrió el truco perfecto: reemplazar expertos por gente que habla fuerte. Y funciona. Porque en ese ecosistema lo importante no es saber, sino parecer que uno sabe mientras interrumpe al de al lado y frunce el ceño como si estuviera resolviendo el destino del planeta.


Son especialistas en una sola disciplina: la convicción. No importa si lo que dicen es cierto, absurdo o directamente inventado. Lo importante es decirlo rápido, fuerte y con cara de "yo sé". Lo importante es hablar, interrumpir, indignarse y repetir frases ruidosas que después circularán en redes sociales como si fueran pensamientos profundos.


El resultado es un espectáculo extraño: horas de discusión sobre trivialidades y minutos escasos para la inteligencia. Mucho escándalo, poca sustancia. Mucha exposición, casi ninguna reflexión.


No siempre fue así. Hubo un tiempo —parece prehistórico, pero existió— en que la televisión intentaba enseñar algo, contar algo, incluso emocionar sin rebajarse. Hoy, en cambio, parece haberse resignado a su destino más rentable: ser una fábrica incesante de ruido. Una línea de montaje donde se producen celebridades instantáneas y opiniones descartables, como vasos de plástico después de una fiesta.


La televisión argentina logró una hazaña cultural difícil de imaginar: reemplazó el conocimiento por decibeles. Ya no triunfa el que sabe. Triunfa el que habla más fuerte, interrumpe mejor y gesticula como si acabara de descubrir la teoría de la relatividad.


Así funciona este ecosistema perfecto: un reality que glorifica la vagancia y, a pocos metros del estudio, un panel que analiza esa misma vagancia con la gravedad de un simposio académico.


El resultado es previsible: horas de chisme, toneladas de banalidad y una sospecha cada vez más difícil de refutar: en la televisión argentina la inteligencia no está prohibida… pero claramente tampoco está invitada.


Lo inquietante no es que la televisión haya caído tan bajo. Lo inquietante es que todavía haya rating para sostenerla. Tal vez el problema no sea solo lo que se emite, sino lo que aceptamos mirar. Porque la televisión, como cualquier espejo, termina reflejando a su público.


Y si ese espejo hoy devuelve gritos, chismes y banalidad, quizás la pregunta incómoda no sea qué está haciendo la televisión con nosotros. Sino qué estamos haciendo nosotros con la televisión.


Porque si algo demostró la televisión argentina en estos años es que el negocio de la mediocridad no solo existe... paga muy bien.

Por: Claudio Novillo

Si quieres conocer más sobre mi trayectoria de 40 años en los medios, te invito a leer mi biografía aquí:
Ingresar >>

Comentarios