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Irán: El desorden como nueva ley



Teherán — El corazón de la República Islámica late hoy en un compás de incertidumbre y amenaza. Irán, ese gigante teocrático que siempre parecía dirigido por una mano de hierro, se despertó esta semana sin su gran ayatolá: Alí Jamenei, líder supremo durante casi cuatro décadas, fue abatido en lo que Teherán describe como un ataque de Estados Unidos e Israel. La noticia sacudió desde el bazar de Isfahán hasta las mezquitas de Mashhad, y dejó una pregunta brutal: ¿quién manda ahora?



Irán amaneció sin su sombra más larga. Durante décadas,  Alí Jamenei fue algo más que un líder religioso: fue árbitro, censor, estratega y, sobre todo, el hombre que decidía cuándo apretar el puño y cuándo apenas insinuarlo. Su asesinato no deja solo un vacío institucional; deja un temblor emocional en un régimen que se acostumbró a obedecer una sola voz.


En teoría, el sistema tiene mecanismos. Hay consejos, hay clérigos, hay procedimientos que prometen continuidad. En teoría. Pero la política real no se escribe en la Constitución sino en los pasillos donde se negocia el miedo. Y ahí, en esos corredores alfombrados de intrigas, la pregunta no es quién puede asumir el cargo, sino quién puede imponerlo.


La respuesta inquieta a medio planeta: la **Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica**. La Guardia no es un simple brazo armado; es un imperio económico, una maquinaria ideológica y una estructura paralela que, desde hace años, respira con autonomía. Ha crecido a la sombra del poder religioso, pero nunca fue su sierva dócil. Es, más bien, el socio silencioso que aprendió a contar los billetes y los misiles al mismo tiempo.


Cuando un régimen pierde a su guía espiritual, los uniformes suelen ofrecer certezas. El discurso cambia: menos sermones, más disciplina; menos teología, más seguridad nacional. La tentación es evidente. En un país herido por el magnicidio, con enemigos externos celebrando en voz baja y tensiones internas que hierven bajo la alfombra, la promesa de orden puede resultar seductora. Y el orden, en manos de los militares, suele venir con letra pequeña.


¿Habrá una nueva concentración de poder? El riesgo es real. No necesariamente a través de un golpe burdo, sino mediante algo más sutil: una sucesión bendecida por los clérigos pero diseñada en los cuarteles. Un líder formalmente religioso, pero políticamente dependiente de quienes controlan las armas y las finanzas estratégicas. Un equilibrio que, en los hechos, incline la balanza hacia los hombres de uniforme.


Irán podría entrar en una fase aún más cerrada, más áspera, más inclinada a resolver tensiones externas con demostraciones de fuerza. O, paradójicamente, podría descubrir que incluso la Guardia necesita legitimidad religiosa para no transformarse en una simple junta con turbante prestado.


Lo único claro es que el sistema que parecía monolítico ahora revela sus fisuras. La muerte de Jamenei no garantiza una apertura; podría, por el contrario, consolidar un poder más compacto y menos visible. En política, los vacíos rara vez duran. Siempre hay alguien dispuesto a llenarlos.


En suma: la muerte de Jamenei no ha despejado el tablero iraní; lo ha volcado. El nuevo orden —si es que emerge uno coherente— se disputará entre el relativismo constitucional, la ambición clerical y el músculo del CGRI. Y mientras los actores se miran de reojo, la única certeza es que el poder en Irán ya no es lo que era, y tal vez nunca lo vuelva a ser.

Por: Claudio Novillo

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