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La indignación selectiva de Dolores Fonzi


Hay algo más incómodo que una mala película: la hipocresía bien actuada. Y en ese género, Dolores Fonzi parece haberse ganado un papel protagónico.

La actriz levanta el dedo acusador contra el gobierno, denuncia injusticias, pontifica sobre ética pública. Todo muy noble… hasta que uno recuerda quién paga el telón de fondo. Porque no se trata de artistas rebeldes financiando su propia voz: detrás hay empresarios que durante la pandemia multiplicaron fortunas mientras millones contaban monedas para llegar a fin de mes.

Entonces el discurso pierde pureza. No por criticar al poder —criticar al poder siempre es saludable— sino por hacerlo desde un pedestal financiado por quienes hicieron negocios obscenos cuando el mundo estaba paralizado.

La incoherencia no es un detalle menor. Es el corazón del problema.

Si el mensaje pretende ser moral, el mensajero no puede caminar con los bolsillos llenos del dinero que dice combatir. Porque cuando la indignación se paga con cheques de los mismos que se beneficiaron del desastre, deja de ser valentía y empieza a parecer marketing.

La coherencia, a diferencia de los contratos publicitarios, no se negocia. O se tiene… o se actúa. Y actuar, justamente, es su oficio.

Por: Claudio Novillo

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