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La fe envenenada


Por estos días de calor implacable, miles de personas bajan a la orilla del Río de la Plata con la misma determinación con que otros entran a una iglesia: cargando una heladerita, una toalla y una fe obstinada en que el agua todavía puede limpiar algo más que el sudor. La escena es conocida —y, si uno la mira rápido, hasta entrañable—: familias enteras chapoteando, chicos riendo, adolescentes zambulléndose como si el verano fuera una promesa cumplida. Pero basta detenerse unos segundos más para que la postal se quiebre. El río no es un refugio: es una advertencia que aprendimos a ignorar.


“Mírenlos”, podría decir un cronista cínico. Ahí van, con la esperanza intacta. Se meten al agua como quien busca un bautismo laico, el sacramento mínimo de una ciudad donde casi todo tiene precio, incluso el alivio del calor. Es una fe ciega, casi hermosa de lo absurda. El río los recibe como madre enferma: acaricia por fuera, enferma por dentro. No te ahoga —te contamina lentamente, como un veneno que se bebe con alegría.


Lo que ocurre en estas costas no es un accidente ambiental ni una fatalidad geográfica. Es el resultado de décadas de negligencia, de desidia institucional y de una cultura política que aprendió a convivir con la degradación como si fuera un rasgo natural del paisaje. El estuario que baña Buenos Aires y Montevideo se ha convertido en un gigantesco colector de residuos industriales, efluentes cloacales insuficientemente tratados y escorrentías agrícolas cargadas de químicos. Dicho sin rodeos: millones de personas se bañan cada verano en una sopa diluida de bacterias fecales, metales pesados y derivados del petróleo.


Y sin embargo, el ritual continúa.


La paradoja del Río de la Plata es brutal: es, al mismo tiempo, el mayor reservorio de agua dulce de la región y uno de los cuerpos de agua más castigados por la actividad humana. Desde el aire, su superficie marrón parece un espejo opaco que refleja la expansión urbana y la desigualdad: barrios cerrados con piletas impecables a pocos kilómetros de playas improvisadas donde la única opción gratuita es el río contaminado. En una orilla, el ocio premium; en la otra, la necesidad disfrazada de recreación.


Lo que debería escandalizar no es que la gente se meta al agua, sino que no tenga otra alternativa.


Las autoridades suelen responder con comunicados técnicos: que los niveles bacteriológicos superan los estándares, que existen planes de saneamiento, que la situación está “bajo monitoreo”. Todo eso puede ser cierto y, al mismo tiempo, profundamente insuficiente. Porque el problema del Río de la Plata no es solo ambiental; es político, social y moral. Es el síntoma visible de una ecuación perversa: la contaminación afecta más a quienes menos capacidad tienen de evitarla.


Hay un componente casi trágico en la escena: el río como último espacio público verdaderamente accesible. No hay rejas, no hay entradas, no hay guardias que filtren por nivel de ingreso. Solo agua —aparentemente libre— para cualquiera que quiera entrar. Esa ilusión de gratuidad es precisamente lo que la vuelve peligrosa. Cuando el acceso a espacios seguros depende del dinero, el riesgo se vuelve democrático solo en apariencia: todos pueden meterse, pero no todos pagan las consecuencias del mismo modo.


Las estadísticas sanitarias cuentan la otra mitad de la historia: infecciones gastrointestinales, dermatitis, afecciones respiratorias y exposición crónica a contaminantes. Son daños difusos, difíciles de rastrear hasta una zambullida concreta, pero acumulativos. El agua no mata en el momento; se filtra en el cuerpo y en el tiempo. Es un riesgo invisible, y por eso tolerable.


El mayor fracaso, sin embargo, no es técnico. Es cultural. La sociedad aprendió a normalizar la idea de que el río está sucio, como si fuera una característica inevitable, del mismo modo que se acepta el tránsito caótico o la inseguridad urbana. Se construyó un pacto de resignación: el Río de la Plata es lo que es, y no vale la pena indignarse demasiado. Esa resignación es la verdadera contaminación, porque vuelve permanente lo que debería ser intolerable.


En otras partes del mundo, ríos que estaban biológicamente muertos —el Támesis en Londres, el Sena en París— fueron recuperados con inversiones sostenidas, regulación estricta y presión social. El saneamiento no fue solo una obra de ingeniería; fue una decisión política respaldada por ciudadanos que se negaron a aceptar que sus ríos fueran cloacas. La diferencia no es geográfica: es de prioridades.


Aquí, en cambio, el río se volvió un espacio mentalmente descartable. No es el lugar donde la ciudad se mira con orgullo, sino donde mira hacia otro lado. Es la periferia simbólica de una metrópolis que vive de espaldas a su costa, salvo cuando la usa como escenografía turística o como válvula de escape social en verano.


La ironía es amarga: el estuario que define la identidad porteña —ese horizonte ancho, esa luz lechosa, ese viento húmedo— es también el reservorio de una contaminación que casi nadie quiere ver. Se canta al río en tangos y postales, pero se lo abandona en la gestión real. Es más fácil romantizarlo que limpiarlo.


Mientras tanto, en la orilla, la escena se repite. Niños que tragan agua sin saber, adultos que se sumergen hasta la cintura, jóvenes que se tiran de cabeza. Nadie piensa en plomo ni en coliformes; piensan en calor y alivio. Y en cierto modo, tienen razón: el problema no es su elección, sino la falta de opciones seguras.


La pregunta incómoda es por qué, en pleno siglo XXI, una de las regiones más urbanizadas y ricas de América Latina no ha logrado garantizar que su principal cuerpo de agua sea apto para el contacto humano. No es un desafío tecnológico imposible; es una cuestión de voluntad, presupuesto y control. Es la diferencia entre considerar el saneamiento un gasto o una inversión en salud pública y dignidad urbana.


Un columnista como Andrés Oppenheimer suele preguntar: ¿qué nos dice esto sobre nuestro modelo de desarrollo? En el caso del Río de la Plata, la respuesta es incómoda: que el crecimiento urbano puede convivir con la degradación ambiental si los costos se concentran en los sectores con menos poder. Que la desigualdad no solo se mide en ingresos, sino en calidad del entorno. Que incluso el derecho elemental a un agua limpia puede volverse un privilegio.


Al final del día, cuando el sol cae y en la superficie quedan manchas iridiscentes de aceite, la verdad emerge con crudeza: el río y su gente importan menos de lo que deberían. No porque nadie los valore en abstracto, sino porque no lo suficiente como para cambiar prioridades. La contaminación persistente siempre es una señal de algo más profundo: una jerarquía social de lo que se considera urgente.


La tragedia del Río de la Plata no es que esté contaminado. Es que nos acostumbramos.


Y así, verano tras verano, la fe continúa: chapuzones, risas, fotos, heladeritas. Una liturgia popular en un templo de agua turbia. La esperanza de que, al menos por un rato, el calor se vaya y el cuerpo se refresque. Aunque el precio sea invisible.


Salud —dirían algunos, con ironía amarga— por el próximo sorbo de plomo.


Por: Claudio Novillo

Si quieres conocer más sobre mi trayectoria de 40 años en los medios, te invito a leer mi biografía aquí:
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