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La noche en que Sarmiento no oyó la muerte



Buenos Aires había perfeccionado, ya en 1873, el arte de hacerse la distraída. Podía pasar cualquier cosa —una revolución en Entre Ríos, una bancarrota, un duelo a pistolas en la plaza— y la ciudad encontraba siempre la manera de seguir adelante, como si nada la rozara demasiado.


De día se atiborraba de discursos, levitas, sotanas, vendedores ambulantes y hombres que hablaban de la República con la misma solemnidad con que otros hablaban de sus caballos. Se mezclaban el pregón de los fruteros, el traqueteo de las ruedas sobre el empedrado desparejo, el olor acre de las caballerizas y el humo manso que subía de las cocinas de fonda.


De noche era otra ciudad. Los comercios entornaban las puertas, las ventanas se volvían rectángulos amarillos sobre fachadas ennegrecidas y los faroles de gas, escasos y parpadeantes, iluminaban un tramo de calle para entregar el siguiente a una penumbra espesa, donde cualquier figura parecía más grande, más próxima y más peligrosa de lo que era. El empedrado hacía saltar los carruajes con un repiqueteo seco y obstinado, clac-clac-clac, que arrancaba una protesta de los ejes y una maldición sorda del cochero.


Era un frío húmedo de agosto, de esos que no merecen fecha en los libros pero se meten por el cuello de la camisa y obligan a los hombres a levantar las solapas del sobretodo. Era la noche del viernes 22 de agosto de 1873. En las fondas se discutía de política con el café todavía humeante. Los italianos hablaban rápido y con las manos. Dos empleados bebían ginebra en silencio. Un cochero apuraba una copa antes de volver al pescante. En una mesa se nombraba a Mitre, en otra a Avellaneda, más allá a Entre Ríos y, como una sombra inevitable, a Ricardo López Jordán y a Sarmiento. Cambiaban los nombres, pero la conversación era siempre la misma.


—Este país va a terminar a los tiros —dijo uno, por decir algo.

—¿Recién ahora te das cuenta? —contestó otro.


Hubo una carcajada breve. Afuera pasó un carruaje y durante unos segundos el estrépito de las ruedas lo tapó todo. Buenos Aires era así: hablaba mucho y escuchaba poco. Y aquella noche, en un recodo mal iluminado, tres hombres esperaban en silencio. No esperaban un carruaje cualquiera. Esperaban al presidente de la República.



Domingo Faustino Sarmiento tenía sesenta y dos años y una larga experiencia en aquello que los políticos llaman enemigos cuando pierden y adversarios cuando ganan. Nació el 15 de febrero de 1811 en la ciudad de San Juan, en el barrio humilde del Carrascal y llevaba media vida peleando con políticos, periodistas, militares, caudillos y hasta con sus propios aliados, y a veces incluso con quienes estaban de acuerdo con él. No era un hombre fácil, ni pretendía serlo.


Desde 1868 gobernaba con la energía febril de quien cree que un país puede torcerse a fuerza de voluntad. Escuelas, ferrocarriles, telégrafos, inmigración, el Ejército, la biblioteca: todo parecía caber al mismo tiempo en su cabeza. Pero en aquellos meses una preocupación no le daba tregua: Entre Ríos. La tercera rebelión de Ricardo López Jordán había vuelto a poner a la Nación frente a una violencia que se creía extinguida. El gobierno había respondido con dureza, con intervención y con guerra. Sarmiento había acumulado enemigos de sobra y, en aquellos tiempos, algunos enemigos no se conformaban con escribir sueltos.


Pero aquella noche el presidente no iba a discutir de política. Iba a ver a Aurelia, y eso, en el Buenos Aires de entonces, podía ser más peligroso que una sesión del Congreso.



Aurelia Vélez Sarsfield era hija de Dalmacio Vélez Sarsfield, el codificador, uno de los hombres más poderosos de la vida jurídica argentina. Su padre había escrito leyes para ordenar el país; Aurelia parecía interesada, en cambio, en aquello que ninguna ley consigue ordenar del todo.


Entre ella y Sarmiento existía una relación de años, sostenida por cartas de letra apretada, encuentros furtivos, separaciones bruscas y una intimidad que Buenos Aires conocía perfectamente aunque fingiera no conocerla. La ciudad podía tolerar una deuda si había apellido y perdonar un escándalo si se administraba con discreción, pero un romance prolongado entre el presidente y una mujer de una familia patricia obligaba a todo el mundo a opinar, y Buenos Aires jamás desperdiciaba una opinión.


Sarmiento, sin embargo, mantenía con el escándalo una relación sencilla: cuanto más hablaban de él, menos importancia le daba. Aquella noche salió de su casa de la calle Maipú, entre Tucumán y Viamonte, sin la pompa oficial. Para los asuntos del Estado solía contar con edecanes y custodios; para sus asuntos particulares, no. La visita a Aurelia pertenecía, sin duda, a la segunda categoría.


El carruaje lo esperaba bajo el farol. En el pescante estaba José Morillo, su cochero de confianza.


—¿A lo de Vélez? —preguntó Morillo, que ya sabía la respuesta.


—Sí —dijo Sarmiento, y subió con dificultad, acomodando el sobretodo.


Morillo tomó las riendas y el coche se puso en movimiento, crujiendo sobre el empedrado.



Un cochero conocía Buenos Aires de una manera que ningún ministro podía conocerla. Sabía qué calles estaban mal empedradas y dónde se acumulaba el barro después de la lluvia, qué pulpería seguía abierta después de medianoche, qué caballo se asustaba con los perros y qué puerta pertenecía a una mujer que esperaba visitas y cuál a un hombre que prefería no recibirlas. Conocía también los silencios, porque sabía que un pasajero importante podía exigir discreción y que uno peligroso podía exigir todavía más. Había aprendido que a veces saber demasiado era una forma rápida de perder el empleo, o algo peor.


Sarmiento se acomodó en el interior y se dejó llevar por el traqueteo. Probablemente pensaba en el país, en la guerra política, en las noticias que llegaban de las provincias, en las escuelas que había prometido y en las que aún no había podido levantar, en sus enemigos. Y, quizá, en Aurelia. La historia suele recordar las grandes batallas de los hombres poderosos y olvidar las razones privadas por las que salieron de su casa aquella noche. A veces ocurre al revés: una visita amorosa se convierte en episodio político, y un presidente pasa a la posteridad por una muerte que no llegó a oír.



A pocas cuadras de allí, en la penumbra de la calle Corrientes a la altura de Suipacha, aguardaban tres jóvenes: los hermanos Francisco y Pedro Güerri y Luis Casimir. No tenían más de veinte años y nada en su aspecto los destinaba a ocupar un lugar en los libros de historia, todavía no. Aquella noche eran simplemente tres hombres comprometidos con un crimen por encargo.


El plan lo había preparado Aquiles Segabrugo, un italiano a quien apodaban El Austríaco. Había dinero, mucho dinero para ellos: diez mil pesos fuertes de la época, pagaderos en entregas, según reconstruirían después los sumarios. Había armas, trabucos de caño corto y puñales afilados, y había algo todavía más importante que el dinero y las armas: la promesa de la fuga.


Porque toda conspiración necesita dos certezas. Alguien dispuesto a matar y alguien dispuesto a explicar cómo escapar después. Segabrugo había hablado mucho, con esa elocuencia tranquila de los que tercerizan el riesgo.


—Son diez mil —les habría dicho, como quien cierra un trato.


Francisco lo miró fijo.


—¿Por uno?


—Por uno.


—¿Y si es cierto lo que dicen, que detrás está el entrerriano?


Segabrugo debió de encogerse de hombros. En las conspiraciones, la muerte de un hombre se convierte muy rápido en una cifra. 


—El presidente es un hombre como cualquiera —remató.


Era una frase peligrosa, porque justamente aquella noche iban a intentar demostrar lo contrario.


Llevaban trabucos cargados hasta la boca y balas envenenadas al igual que los puñales, a propósito para que cualquier herida resultara mortal. No se trataba de asustar ni de advertir. La intención era matar. El plan era sencillo hasta la ingenuidad: esperar el carruaje, acercarse a pie, descargar las armas a quemarropa y desaparecer entre las callejuelas. Las conspiraciones suelen parecer sencillas antes de comenzar; después aparecen los caballos, el ruido, los testigos, la policía, el miedo, los errores y, sobre todo, la mala suerte.


El carruaje dobló por Corrientes. Morillo reconoció el tramo y aflojó apenas las riendas para que los animales tomaran el paso firme que exigía el empedrado. El repiqueteo se hizo más intenso y, dentro del coche, Sarmiento viajaba sumido en sus pensamientos, con la cabeza levemente inclinada hacia la ventanilla, ajeno a que a pocos metros tres siluetas contaban los segundos.


Francisco Güerri fue el primero en adelantarse. Los otros dos lo siguieron a corta distancia. El coche se les venía encima. Era ahora.


Francisco levantó el trabuco con las dos manos, apuntó al centro oscuro donde debía estar el presidente y apretó el gatillo. Y en ese instante la conspiración dejó de parecer un plan.


El arma no disparó: reventó. No hubo una detonación limpia sino una explosión sorda, una llamarada amarilla que iluminó por un segundo la calle y una nube acre de pólvora quemada y hierro candente. El trabuco, cargado con un exceso criminal de pólvora, estalló en la mano de su propio dueño y le destrozó el pulgar derecho. Uno de los proyectiles alcanzó a cruzar el habitáculo del carruaje y fue a incrustarse en la pared de enfrente; los otros se perdieron contra el revoque.


El ruido fue brutal. Los caballos se encabritaron, piafando y sacudiendo la cabeza, y Morillo tuvo que aferrarse a las riendas con todo el cuerpo para no ser arrojado.


—¡Quietos! ¡Soo, quietos! —gritó, mientras el coche se sacudía como una cofa en tormenta.


La noche se llenó de humo. Pero dentro del carruaje ocurrió algo todavía más extraño que la explosión misma: Sarmiento permaneció sentado, inmóvil, con las manos apoyadas sobre el bastón. No preguntó nada, no se agachó, no gritó. El presidente no había oído el disparo. Su sordera, ya muy avanzada en 1873 y agravada por el traqueteo incesante de las ruedas sobre la piedra, había levantado entre él y el mundo un muro involuntario. La muerte había pasado rozando su ventanilla y él no la había escuchado.


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Morillo sí la había oído. Los caballos también. Y los vecinos. Una ventana se abrió de golpe en el primer piso y luego otra en la cuadra siguiente. Una mujer apareció en camisón con una vela temblorosa en la mano. Un hombre salió a la puerta en mangas de camisa preguntando si había sido un tiro. Desde la esquina, una voz anónima gritó:


—¡Agárrenlos!


Los tres atacantes corrieron. Francisco sangraba a borbotones y dejaba un rastro oscuro sobre el empedrado; Pedro intentaba sostenerlo sin detenerse; Casimir, más lúcido, buscó otra dirección y se perdió hacia el bajo. Entonces la ciudad despertó de verdad, con ese sobresalto desordenado de las noches porteñas: botas contra el suelo, puertas que se abrían, una persiana que golpeaba contra la pared, un perro que ladraba sin entender y los caballos todavía nerviosos resoplando vapor en el frío.


La policía entró en escena casi de inmediato. El oficial Latorre y un puñado de vigilantes que hacían la ronda siguieron a los fugitivos. La persecución fue breve y confusa, porque Francisco no podía correr y dejaba huellas. Comprendieron, con la lucidez tardía de los que fracasan, que habían salido a matar al presidente y ahora corrían para salvarse ellos mismos. Los detuvieron a las pocas cuadras, con las manos manchadas de pólvora y sangre.


Y con ellos comenzó otra historia, menos espectacular que el disparo pero mucho más larga: la historia de las declaraciones, de los careos, de los nombres que aparecen y desaparecen en los expedientes.



El carruaje, mientras tanto, continuó. Morillo consiguió dominar a los animales a fuerza de voz y de rienda. Sarmiento seguía adentro, con el ceño fruncido, sintiendo apenas que algo anormal había alterado el paso.


—¿Qué les pasa a estos animales? —preguntó finalmente, con esa impaciencia suya que no admitía demoras.


Morillo miró hacia atrás, dudó un segundo y optó por la prudencia de los cocheros viejos.


—Nada, señor. Un charco, se asustaron.


El carruaje siguió hacia la casa de los Vélez Sarsfield como si aquella noche fuera una noche cualquiera, como si el presidente no acabara de escapar a una emboscada, como si el destino le hubiera concedido unos minutos de gracia sin avisarle.


Cuando Sarmiento llegó, alguien terminó por explicárselo en el zaguán. Fue el propio Vélez Sarsfield, o un criado, según la versión, quien le dijo en voz baja:


—Han disparado contra el coche, don Domingo.


Sarmiento levantó la cabeza, incrédulo.


—¿Qué dice?


—Dispararon. En Corrientes. Contra usted.


—¿Contra mí? —repitió, y miró hacia la puerta como si buscara allí la confirmación—. ¿Y usted oyó algo, Morillo?


—Sí, señor —contestó el cochero, todavía pálido.


Sarmiento frunció el ceño y se encogió de hombros con una naturalidad desconcertante.


—Pues yo no he oído nada.


No era una frase ingeniosa. Era la verdad lisa y llana, dicha con la honestidad brutal de un sordo.



Aurelia apareció poco después en la sala, con un chal sobre los hombros. No necesitó que nadie le explicara el peligro para comprenderlo. Lo miró a él, después al cochero que esperaba en el patio y luego hacia la calle oscura.


—¿Intentaron matarlo? —preguntó, sin rodeos.


Sarmiento hizo un gesto con la mano, como quitándole importancia.


—Eso parece.


—¿Y usted sigue aquí como si nada hubiera pasado?


—Aquí estoy —dijo él.


—Podrían haberlo matado.


—Pero no lo hicieron.


Aurelia lo observó en silencio, con esa mezcla de afecto y exasperación que solo las mujeres que han querido mucho a un hombre obstinado conocen.


—No tiene ninguna gracia, Domingo.


—no pretendía hacerla reír.


—Entonces no sonría.


El presidente dejó de sonreír. Durante unos segundos quedaron frente a frente, mientras afuera Buenos Aires continuaba su vida con un carruaje que pasaba, un caballo que relinchaba y alguien que llamaba a una puerta. Aurelia bajó la voz.


—Podría haber muerto.


Esta vez Sarmiento no respondió enseguida. Miró hacia la ventana, y quizá por primera vez aquella noche comprendió, no con la inteligencia sino con el cuerpo, la cercanía de lo ocurrido.


—Sí —dijo finalmente—. Podría.


Y eso fue todo, porque hay momentos en que una broma ya no alcanza y el silencio dice más que cualquier discurso.



La noticia corrió por Buenos Aires antes del amanecer, como corren todas las noticias en esta ciudad, deformándose un poco en cada esquina. El presidente había sido atacado, los agresores estaban detenidos y uno de ellos había resultado gravemente herido por su propia arma. La policía comenzó a reconstruir el atentado y entonces aparecieron las preguntas inevitables, las que nunca terminan de responderse: quién había pagado, quién había organizado el ataque, quién había puesto las armas, quién había prometido la fuga y, sobre todo, quién quería muerto a Sarmiento.


El nombre de Aquiles Segabrugo apareció rápidamente en boca de los detenidos. Pero Segabrugo ya había cruzado el Río de la Plata y estaba en Montevideo, convencido, según las reconstrucciones posteriores, de que todavía podía cobrar el dinero prometido. Bajo la lógica retorcida de un negocio criminal, si habían disparado, había que pagar, aunque el presidente siguiera vivo.


Fue hasta un domicilio vinculado a Carlos Querencio, hombre del entorno de López Jordán. Lo que ocurrió después es una de las zonas más oscuras del episodio: Segabrugo murió a tiros en circunstancias nunca del todo aclaradas. La versión oficial habló de un ajuste de cuentas entre cómplices; otras versiones, de un silenciamiento. Lo cierto es que llevaba consigo papeles, cartas, quizá recibos. La policía oriental se interesó por ellos, se dijo que podían comprometer a hombres relacionados con la conspiración política contra Sarmiento y que podían conducir directamente hasta López Jordán. Pero los documentos desaparecieron. Y cuando desaparece la prueba central de una conspiración, el misterio empieza a trabajar por cuenta propia y ya no se detiene.


López Jordán era el nombre inevitable. La rebelión entrerriana lo había convertido en enemigo del gobierno nacional y Sarmiento lo consideraba la encarnación de la barbarie que debía ser derrotada. El atentado encajaba demasiado bien en ese escenario. Pero una cosa era sospechar y otra, muy distinta, demostrar. Aparecieron testimonios, declaraciones contradictorias, nombres que se repetían y otros que se esfumaban. La política entró en la investigación y, cuando la política entra en una investigación, la verdad rara vez sale intacta.


Los autores materiales fueron juzgados. Los hermanos Güerri recibieron condenas severas de presidio y Luis Casimir fue también condenado, aunque su pena sería reducida con el tiempo. La justicia podía castigar a los hombres que habían apretado el gatillo; lo que resultaba mucho más difícil era llegar hasta quienes, eventualmente, habían estado detrás de ellos.



Con los años, la historia quedó dividida en dos partes. Una era segura y podía reconstruirse con el expediente en la mano: tres hombres esperaron un carruaje en la calle Corrientes, el carruaje llevaba al presidente, dispararon, un trabuco explotó en la mano de su dueño, los proyectiles se incrustaron en las paredes, Sarmiento salió ileso, los atacantes fueron perseguidos y detenidos en el acto.


Lo demás era niebla. ¿Había sido López Jordán el instigador intelectual? ¿Existió una orden directa? ¿Quién financió realmente el atentado? ¿Qué contenían los papeles de Segabrugo y quién los hizo desaparecer? ¿Quién mató a Segabrugo en Montevideo? La historia argentina se llenó de respuestas, demasiadas respuestas, y cuando existen demasiadas respuestas para una sola pregunta suele ser porque ninguna ha conseguido imponerse del todo.


Pero lo extraordinario de aquella noche no fue la conspiración, ni Segabrugo, ni López Jordán, ni los tres muchachos armados. Fue el carruaje que siguió avanzando. Morillo dominando los caballos encabritados, Sarmiento sentado adentro con su sordera a cuestas, y la muerte quedándose atrás, jadeando sobre el empedrado.


Vista desde hoy, la escena tiene algo de absurdo y de prodigio. Un presidente de la República atraviesa Buenos Aires para ver a una mujer. Tres hombres intentan asesinarlo. Un arma estalla en la mano de uno de ellos. Las balas atraviesan el aire. La policía persigue a los atacantes entre gritos y faroles. Y el hombre al que intentan matar no se entera de nada, no oye el disparo, ni el segundo, ni los gritos, y solo sabe que ha sobrevivido cuando llega a destino y se lo cuentan.


Sarmiento había pasado la vida tratando de imponerle una dirección a la Argentina a fuerza de escuelas, ferrocarriles, telégrafos, inmigración e instituciones, bajo la consigna de civilización. Aquella noche, sin embargo, nada de eso lo salvó. No lo salvó una estrategia ni una escolta ni una decisión política. Lo salvó el azar: un arma mal cargada, una mano que recibió la explosión, un proyectil que erró por centímetros y una sordera que, por una vez en la vida, se convirtió en una forma involuntaria de protección.


Años después quedarían las versiones, los libros, las polémicas y esa particular afición argentina por las frases pequeñas para acontecimientos enormes: se supo, se sospechó, se dijo, según algunos, de acuerdo con otros. Pero antes de todo eso estuvo aquella noche de frío y faroles, el empedrado, los caballos, el pescante de un cochero que de pronto tuvo que dominar dos bestias aterrorizadas, una esquina donde tres hombres esperaban un carruaje y, dentro de ese carruaje, un hombre de sesenta y dos años que iba a ver a Aurelia.


No iba a pronunciar un discurso, ni a presidir una ceremonia, ni a discutir con sus adversarios. Iba a ver a una mujer. Y mientras el coche avanzaba, la historia estuvo a punto de cambiar para siempre. No cambió. El trabuco falló, los caballos siguieron y el presidente llegó a destino. Aurelia lo esperaba.


Quizá por eso la escena tiene algo más poderoso que un simple atentado político. Durante unos minutos, la República y la vida privada viajaron en el mismo carruaje. La pólvora intentó separarlas, pero no aquella noche. Aquella noche la muerte llegó hasta la ventanilla, disparó y pasó de largo. Sarmiento ni siquiera la oyó. Y mientras Buenos Aires despertaba al día siguiente con una historia nueva para contar, el presidente seguía vivo, obstinado y sordo, como si el país no pudiera prescindir todavía de él.


A veces la historia explica las grandes decisiones de los hombres. Otras veces tiene que admitir algo mucho más incómodo: que por unos centímetros, por una carga de pólvora mal calculada o por el capricho de un instante, un hombre puede seguir viviendo y después pasarse ciento cincuenta años preguntándose quién quiso matarlo.

Claudio Novillo

Por
Claudio Novillo

Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis

Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.

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