I. Las Certezas Económicas: A los veinte años, Ema vivía bajo el dulce y tiránico postulado de que la existencia real comenzaba siempre un poco más tarde, en un repliegue inaccesible del porvenir. No sabía precisar el bautismo de aquel "más adelante".
Podía ser el día en que un título universitario sancionara su intelecto, o la tarde en que el primer volumen con su nombre impreso oliera a tinta fresca en los escaparates; tal vez cuando el dinero dejara de ser una humillación cotidiana medida en el precio exacto de las cosas, o cuando encontrara a un cómplice que comprendiera que la única ética posible consistía en no dejarse domesticar. A esa edad, las certezas son económicas: ocupan muy poco espacio en la conciencia y duran para siempre.
Ema escribía en cuadernos de escuela con espirales oxidadas, poblando las hojas con seres que padecían catástrofes cuyos motivos ella misma ignoraba. Inventaba biografías ajenas para no verse obligada a comparecer ante la propia.
Había descubierto, con una mezcla de pudor y regocijo, que la literatura es la forma más elegante del perjurio: permite mentir a discreción sin el peso de la culpa.
Flavio, en cambio, habitaba una geografía más pragmática. Él quería dinero; no por el metal en sí —solía justificarse ante el espejo de sus ambiciones—, sino por la física del movimiento. El dinero es un vector de fuerza.
Anhelaba la independencia como quien anhela un blindaje: el prestigio indiscutible, la caricia táctil de los buenos trajes, la acústica sobria de los restaurantes caros, una casa donde el silencio fuera un lujo y no un abandono, viajes que borraran las fronteras y automóviles que acortaran el espacio. Pero, por sobre todas las cosas, Flavio quería ganar discusiones. Deseaba que el mundo lo mirase y viera en él a alguien que, finalmente, había "llegado".
Aunque todavía no supiera a dónde.
Estudiaba Derecho con una ferocidad que resultaba casi obscena para sus contemporáneos. Dormía en los intersticios del día, polemizaba por método y poseía la destreza casi mística de transformar cualquier intercambio cotidiano en una transacción jurídica. Era capaz de persuadir a un tribunal académico de que una respuesta manifiestamente errónea albergaba una verdad germinal que el programa aún no había tenido la lucidez de contemplar.
Ema lo conoció una tarde en que el cielo de Buenos Aires parecía deshacerse en una llovizna gris.
Él caminaba guareciendo un expediente bajo el brazo, como quien custodia un secreto de Estado. Ella cargaba un ejemplar de tapa dura que mantenía cerrado.
Fue el primer destello que Flavio amó de ella: que llevara un libro que no había leído. El segundo, infinitamente más raro, fue la naturalidad con que se lo confesó.
—¿No lo has abierto? —preguntó él, deteniéndose bajo el alero de la librería.
—No —respondió ella, mirando la ilustración de la portada—.Pero queda espléndido bajo el brazo. Tiene el peso exacto de la respetabilidad.
Flavio soltó una carcajada. Fue una risa breve, limpia, desprovista de esa pátina de cinismo que los años van depositando en la garganta. Después, inevitablemente, vinieron los años.
II. La Agenda y la Habitación
Se amaron de la única forma en que los jóvenes saben hacerlo: con un fervor ciego, una ignorancia enciclopédica y una confianza conmovedora en la maleabilidad del destino. Se instalaron en un departamento minúsculo, un tercer piso por escalera donde la humedad dibujaba continentes imaginarios en los techos. Su inventario era espartano: una mesa que rengueaba con la ayuda de un cartón doblado, dos sillas de distintas maderas que parecían mirarse con desconfianza, una cama cuyos muelles crujían a cada respiración y una heladera vieja cuyo motor rumiaba quejas periódicas contra el hecho mismo de existir.
Ema escribía; Flavio producía.
Cuando él regresaba a la madrugada, con el cuello de la camisa desabrochado y el cansancio tiñéndole las ojeras, la encontraba inmóvil ante la máquina de escribir, bajo el cono de luz amarilla de una lámpara de escritorio.
—¿Por qué no duermes? —le decía, apoyando la mano en su hombro.
—Después.
—Siempre es "después", Ema.
—Porque el "ahora" todavía no ha terminado de llegar.
Flavio la miraba sin comprender. Para él, el tiempo era una sucesión de casillas en una agenda, un recurso escaso que debía ser administrado y vencido. Para Ema, el tiempo era una habitación espaciosa en la que uno podía sentarse a mirar cómo cambiaba la luz sobre los muebles.
En aquellos primeros inviernos discutieron por todo lo que una pareja puede discutir cuando el espacio es estrecho y el futuro ancho: por el dinero que faltaba, por los amigos que resultaban molestos, por los celos que se filtraban por las rendijas, por los silencios que se interpretaban como ofensas y por las familias respectivas, que no eran más que proyecciones de sus propios temores. Pero también encendieron hogueras por minucias insoportables: una ventana que quedó entornada al salir, un recado telefónico olvidado, el polvo sobre el frontal del televisor, el tono exacto de una réplica o una camisa mal colgada.
Las grandes tragedias suelen anunciarse con la gravedad de una obertura wagneriana. Las pequeñas, las que verdaderamente van tallando la herrumbre de una vida compartida, entran sin pedir permiso, disfrazadas de nimiedades domésticas.
A veces se reconciliaban en la urgencia de la cama; a veces, compartiendo empanadas tibias sobre el suelo; a veces, simplemente, dejando que el silencio se volviera blando otra vez. Eran jóvenes, y la juventud es una forma particularmente sofisticada de la soberbia: la creencia de que el daño siempre es reversible.
III. La Metamorfosis de la Prosperidad
Las décadas de los setenta y los ochenta transcurrieron con su cortejo de catástrofes colectivas e individuales. El país modificó su fisonomía; la ciudad se llenó de ruidos nuevos; cambiaron las vestimentas, las músicas de moda, la sintaxis de las calles y las transacciones del poder y del deseo. Ellos, sin embargo, creían permanecer idénticos, resguardados en una isla privada.
Ema publicó su primera novela. Fue un acontecimiento silencioso que apenas alteró los balances de las librerías. La segunda tuvo una recepción más cálida. Con la tercera, ocurrió el milagro: rostros desconocidos empezaron a detenerse ante ella.
Una tarde, una mujer de cabellos grises se le acercó en un pasillo y, sosteniendo el volumen contra el pecho, le dijo:
—He leído su novela. Me ha hecho llorar.
Ema sonrió con la cortesía de las escritoras noveles. Pero minutos después, encerrada en el cubículo estrecho del baño de la librería, lloró ella misma. No era un llanto de pesadumbre, sino la conmoción ante esa secreta correspondencia: el descubrimiento de que un dolor o una belleza concebidos en la más absoluta soledad habían encontrado un muelle seguro en el alma de un extraño.
Flavio, mientras tanto, ascendía. Poseía esa inteligencia veloz y felina que detecta el curso del dinero antes de que el mercado formal sancione su existencia.
Se transformó en un abogado brillante; luego, en un abogado prohibitivo; finalmente, en un hombre demasiado célebre y ocupado como para recordar por qué razón exacta había decidido estudiar las leyes en su juventud.
La prosperidad trajo consigo una ironía doméstica que Ema anotaba mentalmente: a medida que los ingresos crecían, el tiempo para habitarlos se reducía a escombros. Empezaron a comunicarse mediante llamadas breves desde habitaciones distintas de la misma casa grande que Flavio había comprado.
—¿Has cenado? —preguntaba él, con la vista fija en una pantalla.
—Sí.
—¿Qué cosa?
—Algo.
Ese "algo" pasó a ser una categoría existencial y gastronómica. Cenaban a deshoras, masticando papeles y urgencias. Dormían con la respiración entrecortada por los plazos de vencimiento. Viajaban a menudo, pero Flavio llevaba sus carpetas y sus llamadas a los hoteles de París o de Nueva York, de modo que el viaje no era más que un cambio de decorado para la misma oficina eterna.
Una mañana de domingo, revolviendo un viejo cajón de madera, Ema rescató una fotografía analógica. Tenían treinta años en la imagen. Se miraban con una complicidad que el tiempo parecía haber difuminado.
—Mira —dijo ella, depositando el papel sobre el periódico que Flavio fingía leer.
Él se ajustó las gafas de lectura y observó la toma.
—Éramos asombrosamente jóvenes —comentó con un suspiro.
—Éramos ridículos —corrigió ella—. Mira mi peinado.
—Tú estabas hermosa. El ridículo era yo, que aún tenía cabello.
—Eso —sonrió ella— es un golpe bajo a tu memoria capilar.
Se rieron. Mientras una pareja pueda reírse de sus propios naufragios, el pacto sigue vigente. Aunque ninguno de los dos alcanzara a vislumbrar cuánta arena quedaba en la clepsidra.
IV. Las Cartas del Cuerpo
Luego sobrevinieron los cincuenta años. No llegaron con estrépito ni con advertencias solemnes. Nadie toca el timbre para anunciar que la madurez ha cruzado el umbral.
El aviso es más sutil. Una tarde, Ema descubrió que la luz de la lámpara ya no era suficiente para descifrar la tipografía de sus libros. Poco después, Flavio notó que subir las escaleras del palacio de justicia ya no era un acto reflejo, sino una pequeña negociación con sus rodillas. El cuerpo, que durante la juventud es un siervo invisible y solícito, comienza a enviar notificaciones notariales antes de entablar el juicio definitivo. Al principio, uno ignora esas cartas o las arroja al cesto del olvido; después, se ve obligado a leerlas con atención minuciosa.
Las canas ganaron las sienes; las arrugas se instalaron en las comisuras de los ojos. No eran esas líneas amables que la cosmética califica de "gestuales", como si la piel estuviera escribiendo un epigrama ingenioso. Eran surcos de desgaste. El espejo comenzó a devolverles una imagen ligeramente desfasada, como si el reflejo tuviera un retraso de unos segundos respecto al presente de la conciencia.
Ema se contemplaba a veces con una extrañeza casi científica.
—¿En qué momento exacto ocurrió este desembarco? —se preguntó en voz alta ante el tocador.
Flavio, que entraba a la habitación anudándose la corbata, inquirió:
—¿Qué cosa?
—Esto. Yo. Esta mujer que me mira con mis propios ojos pero con otra piel.
Él se acercó por detrás, rodeó su cintura con unos brazos que ya no tenían la firmeza de antaño, pero sí una calidez más sabia, y le susurró al oído:
—Sigues siendo tú, Ema. No hay otra.
Ella apoyó la cabeza en su pecho.
—Eso es lo que verdaderamente me aterra, Flavio. Que el envase cambie y el testigo siga siendo exactamente el mismo.
V. La Ilusión de la Permanencia
Al alcanzar los sesenta, Flavio persistía en una inercia laboral que imitaba la prisa de los treinta años. Su teléfono celular parecía haberse integrado a su sistema nervioso. Se rodeó de ordenadores, tabletas y una constelación de contraseñas que anotaba en libretas secretas para no perderse en el éter digital. El mundo se había vuelto virtual y él, temeroso de quedar varado en la orilla del olvido, decidió digitalizarse a marchas forzadas.
—Estamos integrándonos al futuro —anunciaba con orgullo después de pasar diez minutos discutiendo con un asistente de voz que no lograba descifrar su acento.
Ema lo observaba desde su sillón, con un libro entre las manos.
—La tecnología —comentó ella sin levantar la vista— ha logrado un milagro inaudito: que los viejos nos sintamos inútiles a una velocidad infinitamente superior a la de nuestros antepasados.
Flavio no toleraba el declive. Adquirió un reloj inteligente que contaba sus latidos y sus pasos, una báscula que desglosaba su masa muscular en porcentajes deprimentes y una bicicleta estática que prometía devolverle el vigor de las piernas de su juventud. En menos de un mes, la bicicleta se convirtió en un perchero costoso, la báscula regresó a la penumbra debajo de la cama y el reloj inteligente terminó en un cajón, agotada su batería y su paciencia. La voluntad humana mantiene siempre una relación de idilio y traición con los objetos que prometen salvarla de sí misma.
Ema seguía escribiendo. Había comprendido una verdad que Flavio se obstinaba en ignorar: que el valor de un trayecto no reside en su destino. Escribir no era llegar a ninguna parte; era, sencillamente, habitar el tránsito.
VI. El Recuento de las Sombras
Una tarde gris de otoño asistieron al sepelio de un amigo de la juventud. Había nacido el mismo año que Flavio. Esa coincidencia cronológica fue el verdadero golpe. Si el muerto hubiera sido un anciano venerable, la pérdida habría tenido el orden natural de las cosas. Pero era uno de los suyos. La muerte, comprendieron entonces, no posee ninguna educación matemática; no respeta la jerarquía de los turnos.
Al regresar, Flavio no apagó el motor del automóvil de inmediato. Se quedó con las manos aferradas al volante, mirando a través del parabrisas cómo las gotas de lluvia resbalaban sobre el vidrio, dividiendo la luz de los faros de la calle.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ema, inquieta por su rigidez.
—Nada —dijo él, aunque su voz sonaba desprovista de su habitual suficiencia jurídica—. Es solo que... nos está rondando, Ema. La guadaña ha empezado a podar nuestro propio jardín.
Ema no necesitó que aclarara el sujeto. Desde aquella tarde, de manera casi inconsciente, empezaron a llevar una contabilidad silenciosa y monstruosa de las ausencias: un compañero de facultad, la vecina del piso de arriba, el médico de cabecera, el colega con el que Flavio había ganado su caso más célebre. Cada fallecimiento era una tabla que se desprendía del puente que aún sostenía sus pasos. El abismo se volvía visible.
A los setenta años, Ema dedicó su literatura a la infancia. Descubrió que los primeros años de vida no son un territorio fijo, sino una sustancia maleable que la memoria corrige y maquilla con el correr del tiempo. La memoria es una artista selectiva: borra las humillaciones ordinarias, magnifica los dolores pequeños para otorgarles estatura trágica y envuelve los días de sol en una luz que probablemente nunca existió.
Comprendió que el niño que fuimos nunca es desalojado del todo; permanece agazapado en el sótano del ser, esperando una trizadura en el presente para asomar la cabeza. Se manifiesta en el olor de un bizcocho, en una melodía que se creía olvidada o en esos segundos de desorientación absoluta cuando uno se despierta a las tres de la madrugada y la conciencia tarda en decidir qué edad tiene el cuerpo que la aloja.
Eso le sucedió una noche fría. Ema abrió los ojos en la penumbra de la habitación. Buscó la silueta de Flavio a su lado. Él dormía con una respiración pesada, un silbido leve que delataba el cansancio de sus bronquios.
Ella lo contempló con una ternura desprovista de ilusiones. Vio al muchacho del expediente bajo la lluvia; vio al abogado soberbio de las salas de audiencias; vio al anciano vulnerable que roncaba despacio a su lado. Y comprendió, con una lucidez exenta de amargura, que a lo largo de su existencia había amado a cuatro o cinco hombres distintos, todos llamados Flavio, y que ninguno de ellos volvería jamás a estar disponible. El tiempo es un río que no solo nos arrastra, sino que nos disuelve sobre la marcha.
VII. El Tren y la Estación
Flavio comenzó a perder las palabras. Al principio fueron sustantivos menores, nombres de pila de personas tangenciales. Luego, la desmemoria avanzó sobre su propio mapa cotidiano. Una tarde, mientras buscaban un sitio para cenar, Flavio detuvo el auto y se quedó mirando el volante con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo se llamaba...? —balbuceó—. Ese lugar de la esquina de Corrientes... donde solíamos pedir el vino tinto que te gustaba.
Ema esperó unos segundos, con el corazón encogido.
—Hay muchos restaurantes allí, Flavio.
—No, el nuestro. El de la mesa junto a la ventana. El que tenía el camarero cojo.
La palabra no acudió. El olvido no necesita grandes catástrofes para colonizarnos; prefiere la guerrilla de los pequeños detalles: un botón que se resiste a entrar en el ojal, una rodilla que cruje al ponerse de pie, un sueño que se vuelve quebradizo y se rompe a mitad de la noche.
Flavio empezó a caminar más despacio. Sus pasos ya no tenían la urgencia de quien va a conquistar un juzgado; eran los pasos de quien mide la solidez del suelo antes de confiarle su peso. Ema, por su parte, escribía menos. No por falta de tramas, sino porque el cansancio físico le ganaba la partida a la imaginación. Las palabras seguían allí, intactas en su cabeza, pero el tiempo disponible parecía haber cambiado de consistencia física.
Cuando eran jóvenes, el tiempo les parecía un horizonte infinito, un recurso tan abundante que se permitían el lujo de desperdiciarlo en rencores estériles; ahora que sabían con precisión matemática qué hacer con cada minuto, el tiempo se había estrechado. Ya no era una llanura para explorar; era una clepsidra que goteaba en la sombra.
Una mañana, Flavio encontró su vieja cédula de identidad en la guantera del coche. La sostuvo entre sus dedos temblorosos y leyó la fecha de nacimiento.
—Esto es un error burocrático —dijo, con una mueca que pretendía ser una broma—. Aquí dice que tengo ochenta años.
Ema levantó la vista de sus papeles.
—Los documentos suelen ser obstinados con la aritmética, Flavio.
—Yo soy el que se equivocó, entonces.
—¿En qué te equivocaste?
Él tardó en responder, mirando la fotografía en blanco y negro del documento, donde un joven de mirada altiva lo desafiaba desde el pasado.
—En creer que la vejez era una estación lejana a la que llegaríamos algún día. Ahora me doy cuenta de que la vejez nunca fue la estación. La vejez era el tren en el que veníamos viajando desde el primer vagón.
Ema no le contestó. Le tomó la mano, sintiendo la finura de su piel, que ahora se asemejaba al papel de arroz.
Los médicos que consultaban les hablaban de "prevención", de "estilo de vida activo", de "dietas mediterráneas" y de "gimnasia cognitiva". Las pantallas de la televisión mostraban ancianos improbables que sonreían mientras corrían por playas paradisíacas. Flavio entendió entonces que el cuidado del cuerpo no era una póliza de seguro, sino apenas una negociación precaria con un acreedor impaciente. No había contrato vinculante; no existía ninguna cláusula de reciprocidad que garantizara un final apacible a cambio de una vida de privaciones y ensaladas sin sal.
Ema siempre había desconfiado de los dogmas higienistas. Había visto a hombres intachables desmoronarse en la plenitud de sus vidas y a calaveras incorregibles alcanzar los noventa años con una salud insultante. La vida no es un tribunal de justicia; carece de sentido moral. Es, simplemente, una corriente ciega que nos arrastra.
VIII. La Cocina de la Noche
A los ochenta años, Flavio vendió las últimas acciones de su buffet de abogados. No lo hizo por cansancio intelectual, sino porque el ritmo del mundo digital lo había dejado obsoleto. Las leyes ya no se discutían en los pasillos de los tribunales con retórica y latines, sino en servidores remotos y algoritmos de arbitraje.
Al principio sintió un alivio inmenso, como si le hubieran quitado una armadura de plomo de los hombros. Pero al cabo de unas semanas, el alivio se transformó en un vacío insoportable. Durante más de medio siglo había medido su valor personal en función de las metas alcanzadas y las discusiones ganadas. Ahora no había metas. Solo había mañanas. Y el problema de las mañanas es que no saben qué hacer consigo mismas cuando uno deja de correr detrás de ellas.
Ema publicó su último libro. No fue un éxito de ventas, pero fue el más depurado de su producción, el que había escrito despojándose de toda pirotecnia verbal. Flavio lo leyó con una lentitud litúrgica, pasando el dedo por debajo de las líneas como si temiera que las palabras se evaporaran antes de que pudiera aprehenderlas. Al terminarlo, cerró las tapas de cartón con cuidado.
—Es un buen libro, Ema. De verdad.
—¿Solo "bueno"? —provocó ella, buscando el reflejo de la antigua chispa.
—Es insoportablemente bueno. Me ha hecho entender cosas que prefería seguir ignorando.
—¿Qué cosas?
Flavio sonrió, y en sus ojos cansados brilló por un instante el muchacho que la había amado bajo la llovizna.
—Que la única diferencia entre tú y yo es que tú siempre supiste que íbamos a perder. Yo, en cambio, viví creyendo que el juicio final se podía apelar.
Se rieron juntos. Aquella risa pequeña, doméstica, que resonó en la cocina vacía, tuvo para ambos un peso específico mayor que todas las propiedades y los honores que habían acumulado a lo largo de sus vidas útiles.
Luego llegó el invierno de las ausencias telefónicas. El aparato dejó de sonar. Los amigos ya no llamaban, no por desidia, sino porque la mayoría habitaba ya los cementerios o las brumas de la demencia senil. La casa se les volvió gigantesca, un laberinto de habitaciones que ya no visitaban y cajones repletos de llaves de cerraduras que habían sido demolidas décadas atrás. La vejez, descubrió Ema, consiste fundamentalmente en convertirse en el custodio de un museo de objetos inservibles.
Ema comenzó a regalar las enciclopedias, los muebles de roble y las vajillas de gala. Flavio se oponía con terquedad de jurista.
—¿Por qué te desprendes de la vajilla de porcelana? —protestaba—. Puede ser útil para alguna ocasión especial.
—¿Qué ocasión especial, Flavio? ¿Nuestro propio velorio? Ya no recibimos a nadie. No tiene sentido acumular trastos para un futuro que ya se nos instaló en el living.
Flavio callaba. Había pasado toda su vida acumulando garantías para un mañana que, ahora que lo tenía enfrente, resultaba no requerir de ninguna de ellas.
Una noche de tormenta, Ema se despertó y no halló a Flavio en la cama. Bajó las escaleras en silencio y lo encontró sentado en la cocina, a oscuras, mirando la ventana donde el viento golpeaba con furia las ramas del tilo.
—¿Qué haces aquí solo? —preguntó ella, sentándose a su lado.
Él no encendió la luz. Permaneció en silencio durante lo que pareció una eternidad.
—Tengo miedo, Ema —dijo al fin. Su voz era un hilo finísimo, desprovisto de toda defensa.
Ella buscó su mano bajo la mesa y la estrechó con fuerza.
—Yo también, Flavio.
—No quiero desaparecer. No quiero que este hilo se corte. Pensé que a nuestra edad uno adquiría una especie de resignación, una fatiga que hacía que la muerte pareciera un descanso aceptable. Pero no es así. Quiero seguir estando aquí, contigo, incluso en esta cocina fría.
Ema miró la ventana. En la calle, los faros de un automóvil proyectaron sombras alargadas sobre la pared de la cocina. Las formas se deslizaron con elegancia fantasmal por el muro y luego se disolvieron en la oscuridad.
—No hay resignación, Flavio —susurró ella—. La muerte no se vuelve aceptable por el hecho de envejecer. Solo se vuelve más familiar. Y hay una diferencia monstruosa entre acostumbrarse a un vecino molesto y abrirle la puerta de casa para que te lleve.
IX. La Indecencia del Mundo
Flavio murió una mañana templada de primavera. No hubo revelaciones de último momento, ni discursos memorables para la posteridad. No pidió perdón por sus ambiciones desmedidas ni hizo un balance de sus pleitos ganados. Simplemente, entre un suspiro y el siguiente, su mano se quedó fría entre las manos de Ema.
Ella sostuvo esa mano vieja durante horas. Era la misma mano que la había tocado en el departamento húmedo de su juventud, aunque su textura ahora recordara a las hojas secas que caen de los árboles en otoño. Durante un instante, Ema pensó que la vida de ambos había sido insoportablemente larga, un exceso de tiempo baldío; al instante siguiente, sintió que había sido un pestañeo imperdonable, un soplo de viento que apenas había alcanzado a mover las cortinas de la habitación. Comprendió que ambas certezas eran verdaderas.
Pasaron los meses. Ema continuó habitando la casa silenciosa. Eso fue lo que más le costó perdonar: la obstinada, la indecente continuidad del mundo.
El supermercado de la esquina seguía abriendo a las ocho; los colectivos continuaban doblando la esquina con el mismo estruendo metálico; los políticos seguían disputando migajas de poder en la televisión; los jóvenes continuaban besándose bajo la llovizna sin saber que un día tendrían ochenta años; y los comerciantes remarcaban los precios de las cosas que ella ya no deseaba comprar. El universo tenía la soberbia de seguir girando como si no faltara la mitad de su eje.
Ema caminaba despacio por el barrio. Escribía apenas unas líneas al día, leía con la ayuda de una lupa potente y dormía siestas largas donde el tiempo dejaba de transcurrir. Ya no esperaba acontecimientos extraordinarios; había comprendido que la existencia real nunca había estado en las grandes novelas ni en las conferencias prestigiosas, sino en los pliegues más sencillos de las horas: una taza de café caliente por la mañana, una llamada telefónica que traía una voz conocida, el olor de la tierra mojada tras la lluvia, o la risa franca de un niño que corría detrás de una pelota en la plaza.
La vida había estado allí todo el tiempo, en el decorado de fondo, mientras ellos pasaban los años esperando que empezara la función principal.
Un día, ordenando su escritorio, Ema abrió uno de sus cuadernos escolares de juventud. Encontró una frase que había escrito a los veinte años: "La vida es una herida que se cura con el movimiento".
La leyó dos veces. No reconoció la caligrafía de la muchacha arrogante que la había trazado, pero sintió una piedad inmensa por ella. Sonrió con tristeza y cerró el cuaderno sin intentar corregir la frase. Comprendió que la existencia no es un texto que admita enmiendas en los márgenes. No se corrige; se atraviesa.
Se atraviesa con soberbia al principio; con pánico después; con una lucidez melancólica y tardía que llega cuando ya no queda nada por decidir; y, con un poco de fortuna, con una mano cálida que sostener en la penumbra de la travesía. Aunque esa mano esté destinada a soltarse antes del final.
Ema salió al jardín. El aire de la tarde era fresco y olía a jazmines. Se acomodó en su sillón de mimbre y cerró los ojos. No pensó en la inmortalidad del alma ni en el enigma del vacío que la aguardaba. Había pasado demasiadas décadas angustiada por el mañana; ahora, por fin, se permitía el lujo de estar en el presente. Y en el presente había un sol tibio que le entibiaba los párpados, había árboles que mecían sus hojas con el viento, había recuerdos que flotaban como motas de polvo en la luz, y había una ausencia inmensa que pesaba tanto como una presencia.
Había, sobre todo, un cuerpo cansado que todavía realizaba el milagro involuntario de respirar.
Ema sonrió bajo el cielo enorme. No porque hubiera resuelto el misterio del tiempo, sino porque había comprendido que la verdadera derrota no consistía en morir. La verdadera derrota consistía en pasar la vida entera mirando el segundero para calcular cuánto quedaba de función. Aquel día no era una despedida; era simplemente un día más de sol sobre la tierra.
Un día más, un día menos. Que, a cierta altura del viaje, viene a ser exactamente la misma cosa.
Por
Claudio Novillo
Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis
Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.
