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LA CASTA RECICLADA



Hay ironías que no necesitan escritor: se escriben solas.


Javier Milei llegó a la Presidencia como llega un profeta apocalíptico a una fiesta aburrida: con una motosierra en la mano, un diagnóstico brutal y una promesa innegociable. Había que dinamitar la casta. Esa casta que, según su evangelio, había convertido al Estado en una agencia de colocaciones, en un club de privilegios hereditarios y en una inmobiliaria de negocios privados. El mensaje era perfecto por su simpleza: no había que reformar la vieja política, había que volarla.


Dos años después, la dinamita duerme en un cajón de la Casa Rosada y el Presidente negocia. Negocia con gobernadores, con bloques legislativos, con intendentes del conurbano profundo, con dirigentes territoriales que conocen de memoria el precio del asfalto y el apellido de cada puntero. Negocia, en fin, con buena parte de aquellos a quienes alguna vez presentó en sus actos como parte del problema, como parásitos de la Argentina improductiva.


¿Es una traición? No. Sería demasiado fácil y demasiado ingenuo. Es algo bastante más prosaico y, por eso mismo, más divertido de observar: gobernar.


Porque gobernar requiere lo que ningún algoritmo te da. Requiere votos contados a mano, requiere estructura territorial, requiere acuerdos susurrados a las dos de la mañana en un despacho sin ventanas. El Congreso no funciona a insultos, por más retuits que acumulen. Las provincias no se administran a fuerza de consignas en redes sociales. Las leyes necesitan mayorías, los presupuestos necesitan números y las elecciones necesitan fiscales, boletas, candidatos, intendentes y dirigentes capaces de caminar esos territorios donde ni "Tik Tok" ni "X" lograron todavía reemplazar al almacenero, al cura, al puntero y al gobernador.


La política, esa criatura a la que Milei quiso mandar al museo de cera junto a la convertibilidad y al carnet de afiliado, tiene la desagradable costumbre de reaparecer justo cuando llegan las leyes y las elecciones. Es como el ex que juraste haber bloqueado y que reaparece en la fiesta de casamiento de tu mejor amigo.


La paradoja es deliciosa, y por eso es literaria: para combatir a la casta, el oficialismo necesita sentarse a la mesa con ella. Para ganar en 2027 necesita ampliarse. Ya no se habla de pureza ideológica, se habla de aritmética. Acuerdos electorales con el PRO, entendimientos con gobernadores que hasta ayer eran la encarnación del feudalismo, ingeniería legislativa para construir poder territorial. El león descubrió que la selva no se domina rugiendo, se domina negociando con los otros animales.


Y tampoco sería justo, ni intelectualmente honesto, exigirle a un gobierno que gobierne eternamente en soledad, como un monje libertario en una cabaña en medio de la pampa. La democracia, al fin y al cabo, consiste exactamente en eso: en construir mayorías. El problema no es la negociación. El problema aparece cuando la pragmática alianza termina pareciéndose demasiado a aquello que se prometió reemplazar. Cuando el anti-casta empieza a hablar como casta, a negociar como casta y a repartir como casta.


La pregunta entonces no es si Milei se convirtió en aquello que combatía. Esa es la pregunta fácil, la que sirve para un zócalo de televisión. La pregunta interesante, la pregunta que incomoda, es otra: ¿consiguió Milei transformar la política argentina o fue finalmente la política argentina, con su paciencia infinita y su capacidad digestiva digna de Borges, la que consiguió transformarlo a él?


Maquiavelo lo habría entendido perfectamente. En Argentina, las revoluciones no fracasan, se asimilan. Porque quizá la casta no desapareció. Quizá nunca tuvo vocación de desaparecer. Quizá simplemente cambió de oficina, se afeitó, se puso otra camiseta, aprendió a decir "viva la libertad, carajo" con el mismo entusiasmo con el que antes decía "viva Perón" o "viva el consenso", y se sentó a esperar.


Y como suele ocurrir en Argentina, ese país donde todos son ortodoxos en público y heterodoxos en privado, todos terminarán negociando con todos mientras juran, con la mano en el corazón y mirando a cámara, que jamás negociaron con nadie.


Claudio Novillo

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Claudio Novillo

Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis

Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.

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