ÚLTIMAS PUBLICACIONES

El Inmortal.


El Tala, 27 de octubre de 1826, al sur de la capital tucumana. La bruma seca todavía no terminaba de levantarse cuando el aire se partió en dos: fusilería de chispa, relinchos, un grito que nadie supo de quién era. La madrugada, que hasta ese instante había sido apenas frío y silencio, se convirtió en otra cosa. Unitarios contra federales. Lamadrid contra Quiroga. Dos tercos, un solo campo.


Gregorio Aráoz de Lamadrid montaba su caballo moro, que sudaba antes de que empezara el combate, como si el animal supiera algo que el jinete todavía no aceptaba. La chaqueta azul de vivos rojos, gastada en los puños de tanto sostener las riendas. El sable mellado golpeaba contra la bota alta a cada tranco. No hacía falta mirarlo dos veces para saber que ese hombre no sabía retroceder — y esa mañana, eso iba a costarle la cara.


A su lado, José María Paz —todavía entero, antes de que los años y otra guerra lo convirtieran en "el Manco"—. clavó los ojos en su jefe con una mezcla que no llegaba a ser confianza.


—Mi coronel, no todos están listos para un choque de frente.


Lamadrid ni giró la cabeza.


—El que se queda pensando, llega tarde a morir... mi querido Paz.


Y espoleó.


Del otro lado esperaba Facundo Quiroga. Quieto sobre su tordillo oscuro, poncho punzó cruzado sobre los hombros, observaba sin apuro. Mientras Lamadrid avanzaba buscando romper la línea enemiga, Quiroga esperaba el momento justo. No era menos valiente; simplemente sabía que una batalla también podía ganarse dejando que el adversario cometiera primero el error.


El combate comenzó muy temprano.


La primera carga unitaria hizo retroceder algunos escuadrones federales. Por un instante pareció que la línea de Quiroga cedía. El humo de la pólvora ocultaba el horizonte y nadie distinguía dónde terminaban los propios y empezaban los enemigos. Entonces apareció la reserva federal. Los lanceros irrumpieron por el flanco derecho como una creciente. Las filas unitarias comenzaron a doblarse una tras otra. Lo que había empezado como avance terminó convirtiéndose en un embudo de hombres y caballos buscando una salida imposible.


Lo que siguió no fue una batalla: fue una carnicería con orden de fuego. Las lanzas se astillaban contra huesos. Los caballos, ciegos de espanto, se llevaban puestos a sus propios jinetes contra el monte de cebiles y vinales. Lamadrid se metió en el centro del choque como quien se mete en el fuego para probar que no quema — y el fuego, aquella vez, contestó. Un sablazo le abrió la cara de lado a lado y le arrancó parte de la oreja. Todavía no había terminado de gritar cuando un plomo indiscreto le perforó el hombro, bajándolo del caballo como a un fardo.


Cayó. Rodó. Se le llenó la boca de barro.


En menos de dos horas, el combate había decidido su veredicto. Más de dos centenares de hombres yacían sobre la tierra reseca junto a caballos abiertos en canal y armas abandonadas. Entre aquella maraña de cuerpos encontraron a Lamadrid. Respiraba apenas. Ni vivo del todo ni completamente muerto. Un federal lo dio vuelta con el pie, le arrancó la casaca, las botas y el sable con la indiferencia de quien despoja a un cadáver, y lo dejó boca abajo sobre el barro. Nadie perdió un instante más en rematarlo. Para ellos, la guerra ya había hecho su trabajo.


El sol, imperturbable, continuó trepando sobre el horizonte como un juez incapaz de conmoverse. Su luz caía sin distinguir vencedores de vencidos, iluminando rostros desencajados, lanzas partidas, monturas agonizantes y charcos oscuros que la tierra absorbía con avidez. El Tala había dejado de ser un paraje del sur tucumano para convertirse en un inmenso cementerio sin cruces. 

El olor acre de la pólvora se mezclaba con el hierro metálico de la sangre y el hedor dulzón de la carne chamuscada. Los matorrales incendiados crepitaban como huesos al quebrarse, lanzando al aire un humo espeso que ardía en los ojos y raspaba la garganta. Cada bocanada era un recordatorio brutal de la batalla: el aire mismo se había vuelto veneno, cargado de muerte y ceniza. 


Ya no se oían órdenes ni cargas de caballería. Sólo el zumbido espeso de las moscas, el resoplido de algún caballo que aún se negaba a morir y ese silencio extraño que, después de toda batalla, pesa más que los cañones.


Nadie dio la orden de retirarse. La retirada simplemente ocurrió. Primero fueron algunos jinetes sin montura. Después una bandera que desapareció entre la polvareda. Luego un oficial que todavía gritaba ¡formen! mientras corría en dirección contraria. Al cabo de unos minutos ya no existía ejército alguno, sólo hombres intentando sobrevivir. Soldados descalzos, corriendo sin mirar atrás. Uno, escondido entre unas moras, apenas pudo murmurar:


—¿Para qué nos peleamos?


—Por ellos —le contestó un viejo de Simoca, arrastrando la pierna partida—. Nunca por nosotros.


Paz intentaba juntar a los que quedaban, pero la marea federal se los tragaba. López de Velasco gritaba órdenes que ya no llegaban a ningún oído. Villafañe corría entre los heridos, la voz rota:


—¡Coronel Lamadrid! ¿Dónde está Lamadrid?


Nadie contestó. Porque Lamadrid, tirado en el barro, con la sangre saliéndole del hombro en un hilo caliente, ya no era coronel de nada. Era apenas un cuerpo que la fiebre empezaba a apagar, mientras a lo lejos —muy lejos, como si fuera otra vida— seguían los gritos de sus hombres y los relinchos de los caballos que agonizaban con él.


Cayó la noche sobre El Tala, y con ella cayó también el rencor.


—Nos dejó tirados —dijo uno, en algún rancho, con la venda apretada contra una herida que no iba a cerrar bien nunca.


Otro, sin saber si hablaba por miedo o por fe, contestó:


—Y aun así va a volver. Ese vuelve.


No hubo milagro. Hubo campesinos —gente sin nombre en los libros de historia— que lo encontraron medio muerto entre los pastizales, lo escondieron, le dieron caldo ralo con una cuchara de palo y le vendaron las heridas con los mismos trapos con que se venda a un animal de trabajo. Semanas enteras de fiebre y de silencio, escondido en la miseria de la campaña, mientras en la ciudad ya empezaban a hablar de él como de un muerto.


Y entonces reapareció. Marcado, tajeado, con la oreja a medio hacer y el hombro que nunca más le iba a responder igual — pero de pie. La plaza estalló. Pañuelos en el aire, chicos que lo señalaban como si hubiera salido caminando de una leyenda. Para el pueblo ya no era un coronel derrotado: era el Inmortal.


Pero en los bordes de esa misma plaza, un puñado de hombres no gritaba. Eran los que habían vuelto de El Tala arrastrando los pies, los que habían enterrado a los que no volvieron. En sus ojos no había un héroe. Había el hombre que los había llevado al matadero. Paz estaba entre ellos, callado, sin sumar su voz al griterío. Respetaba el coraje de Lamadrid —nadie podía no respetarlo— pero sabía, con la certeza fría de quien piensa antes de desenvainar, que ese coraje sin cálculo tarde o temprano entierra a alguien.


El valor que no piensa, pensó, tarde o temprano entierra a alguien. Y la plaza, ajena a esa idea, seguía gritando: "¡Inmortal! ¡Inmortal!"


Para Facundo Quiroga, El Tala fue otra cosa: un triunfo limpio que le afirmó el mando entre los federales. Los unitarios quedaron sin hombres, sin caballos, sin norte que defender. El cuerpo mutilado de Lamadrid se convirtió en leyenda — pero toda leyenda tapa algo, y lo que ésta tapaba era simple: el unitarismo del norte había quedado herido de muerte, igual que su líder. Solo que a él lo curaron con vítores. A la causa, no.


El Tala volvió a ser campo. Crecieron otra vez los pastos, llegaron las cosechas y el viento terminó de borrar las huellas de los caballos. Sólo quedó una certeza que la historia argentina repetiría demasiadas veces: las guerras civiles nunca tuvieron verdaderos vencedores. Cambiaban los nombres de los caudillos, cambiaban las banderas, pero la tierra seguía bebiendo la sangre de los mismos hijos.

Claudio Novillo

Por
Claudio Novillo

Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis

Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.

Ver biografia completa

PUBLICACIONES DISPONIBLES

Cargando publicaciones...