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El país de los salvadores y los sobrevivientes



Por Claudio Novillo

Hay países que cambian de gobierno como quien muda de camisa. En la Argentina, en cambio, lo que cambia es de coartada.


Cada cuatro años —o antes, cuando la asfixia colectiva decide acelerar los relojes— emerge de la bruma una figura, una doctrina o una promesa que llega con vocación de refundación. Todo lo anterior queda súbitamente declarado muerto. Se clausura la historia con un portazo, se redacta la lista de culpables y se ofrece a la sociedad ese privilegio siempre renovado, y bastante sospechoso, de empezar de cero.


Es una costumbre nacional. Cambia la escenografía, se renuevan los villanos del cadalso público y se modifica el vocabulario, pero el mecanismo permanece. Primero fueron los salvadores de la justicia social; después, los de la república; más tarde, los de la economía. Hoy son los de la libertad. Cada generación política llega convencida de haber descubierto la fórmula que las anteriores ignoraron. Todas, sin embargo, llevan estampada la misma consigna: somos distintos.


Quizá allí esté una de nuestras mayores dificultades. No nos cuesta cambiar de gobierno; nos cuesta aprender de lo que hacemos después de cambiarlo.


La Argentina sigue siendo, debajo de sus mudanzas ideológicas, una sociedad exhausta que cambia de fe política casi con la misma velocidad desesperada con la que cambia de moneda. Y cada vez que aparece alguien dispuesto a decirnos que ahora sí, que esta vez será diferente, una parte de nosotros quiere creerle antes de preguntarle algo bastante menos épico: ¿qué hacemos nosotros para que esta vez sea diferente?


Porque Javier Milei no cayó de un plato volador. Tampoco fue el resultado de una conspiración de laboratorio. Milei fue, antes que nada, un síntoma: una descarga eléctrica sobre un país que llevaba demasiado tiempo anestesiado.


No llegó únicamente con un programa económico. Llegó con una lectura psicológica de la Argentina que otros no supieron —o no quisieron— escuchar. Le habló al argentino cansado de explicarles a sus hijos por qué el sacrificio siempre parece ser obligatorio para unos y optativo para otros. Al comerciante que descubre, mes tras mes, que la inflación puede devorarse una caja antes de que termine el día. Al trabajador cuyo salario perdió la capacidad de comprar aquello que alguna vez consideró normal. Y, especialmente, a una generación de jóvenes que creció con una conclusión devastadora: estudiar, trabajar y esperar ya no garantizan absolutamente nada.


Ahí apareció el verdadero combustible político. No fue solamente la ideología. Fue el hartazgo.


El ciudadano acorralado terminó llegando a una conclusión tan brutal como comprensible: si el templo de los expertos se derrumba cada cierto tiempo, ¿por qué no probar con alguien que prometa incendiar el manual entero?


Milei entendió esa furia, la convirtió en lenguaje político, la llevó al espectáculo y finalmente la transformó en poder. La responsabilidad de esa aparición no puede ser endosada cómodamente al peronismo, a Mauricio Macri, a los medios o a alguna abstracta “casta” que, convenientemente, siempre parece estar compuesta por los demás.


La factura la firmó una sociedad que dejó de creer.


La pregunta verdaderamente incómoda, entonces, no es quién inventó a Milei. Es quiénes hicieron posible que Milei se volviera necesario. Y en esa fila los sospechosos de siempre se pisan los talones.


El peronismo y la nostalgia de sí mismo


El peronismo no está muerto. Simplemente ha perdido el monopolio de velar al finado.


Durante un tiempo hubo una suerte de entusiasmo funerario alrededor de su derrota. Se redactaron obituarios con una velocidad que habría envidiado cualquier cronista de necrológicas. Pero confundir una derrota electoral con la desaparición del peronismo es no entender cómo funciona el poder en la Argentina.


El peronismo no es solamente un partido. Es una estructura política, sindical, territorial, cultural y económica con una capacidad de supervivencia que pocas fuerzas en el mundo podrían exhibir. Puede perder elecciones, gobernaciones, prestigio y hasta, ocasionalmente, el sentido del ridículo; lo que no pierde con facilidad son sus redes.


Por eso su problema actual no es la extinción. Es algo más incómodo: la incapacidad de dar una respuesta convincente a una pregunta elemental. ¿Por qué debería regresar cuando fue la propia sociedad la que decidió expulsarlo? 


Esa pregunta conduce inevitablemente a Cristina Fernández de Kirchner y a Axel Kicillof, especialmente al conflicto por el futuro del peronismo bonaerense. Cristina conserva una potencia simbólica enorme y una capacidad de ordenar voluntades que sería insensato subestimar. Kicillof, en cambio, ensaya la construcción de un mañana que todavía deja demasiadas ventanas abiertas hacia el ayer. 


Durante demasiado tiempo esa disputa pareció una riña de caciques disputándose el futuro con herramientas del pasado. Ahora parece haberse impuesto una tregua mucho menos romántica: el instinto de supervivencia.


Porque si continúan despedazándose, existe una posibilidad que ningún dirigente peronista debería despreciar: que la próxima década los encuentre discutiendo quién tuvo razón mientras otros ocupan el lugar que alguna vez consideraron propio.


El peronismo no necesita simplemente elegir herederos. Necesita recuperar una razón para ser escuchado por quienes se fueron.


Y eso exige autocrítica.


La palabra, conviene reconocerlo, nunca tuvo demasiados afiliados en la política argentina. Mucho menos cuando puede resultar más rentable explicar por qué perdimos que preguntarnos por qué dejaron de querernos.


El PRO y la elegante administración de la derrota


En la otra vereda, el PRO atraviesa una enfermedad diferente. No ha desaparecido completamente, pero ha perdido aquello que justificaba su existencia: la promesa de ser una alternativa de poder capaz de transformar el sistema sin convertirse en otra pieza del sistema.


Mauricio Macri comprendió antes que muchos que el clima social había cambiado. El electorado ya no parecía dispuesto a que le administraran la Argentina con buenos modales. Quería romper algo.


Y allí apareció una de las paradojas más extraordinarias de nuestra política reciente: quienes habían construido una fuerza para jubilar al peronismo terminaron viendo cómo el nuevo fenómeno de la derecha se los llevaba puestos.


El problema del PRO no fue solamente perder votos. Fue perder centralidad.


Hoy sobrevive entre alianzas, cargos, negociaciones y una discusión permanente sobre cuánto acompañar, cuánto diferenciarse y cuánto conservar antes de ser absorbido. Patricia Bullrich ya forma parte del oficialismo; dirigentes de segunda línea encontraron su lugar en el nuevo poder; Macri oscila entre el respaldo, la crítica, la advertencia y la negociación.


Es difícil construir una identidad cuando buena parte de tu supervivencia depende de que otro no termine de comerte.


Y mientras el PRO calcula cuánto puede conservar de sí mismo, La Libertad Avanza descubre una vieja ley de la política: una cosa es llegar al poder denunciando la maquinaria y otra muy distinta es gobernar sin maquinaria.


La rosca legislativa, los acuerdos con gobernadores, la negociación territorial y la construcción de estructuras partidarias no desaparecen porque uno las insulte desde un escenario. Simplemente esperan.


La casta, ahora con domicilio propio


Es allí donde aparece Karina Milei y donde la ironía se vuelve casi perfecta.


La Argentina conoció operadores de todos los colores, monjes negros, armadores discretos, caciques territoriales y especialistas en sobrevivir a gobiernos que supuestamente venían a terminar con ellos. Pero ahora asistimos a una escena particularmente reveladora: la fuerza que llegó denunciando a la casta está construyendo su propia estructura de poder.


Todavía puede ser pequeña. Puede ser rudimentaria. Puede incluso estar lejos de las viejas maquinarias partidarias. Pero una casta no deja de serlo porque haya nacido ayer.


La política tiene una capacidad extraordinaria para transformar cualquier promesa de pureza en organización, y cualquier organización en interés propio. Primero fabrica un líder. Después construye un aparato para sostenerlo. Finalmente, el aparato comienza a preguntarse qué líder necesita para sostenerse a sí mismo.


Por eso la verdadera batalla por el día después de Milei no comenzará cuando Milei anuncie que se va. Ya empezó. Se juega ahora, en la selección de nombres, en la construcción territorial, en las alianzas, en las lealtades y, sobre todo, en quién controla la maquinaria cuando el entusiasmo deje de ser suficiente.


El Excel y la heladera


La economía ofrece quizá la prueba más incómoda de todas porque obliga a convivir con dos realidades que pueden ser verdaderas al mismo tiempo. 


El Gobierno puede exhibir una mejora innegable en variables macroeconómicas. La inflación mensual de julio de 2026 fue del 2,1%, un dato muy diferente de los niveles que llevaron al país al borde del abismo. No es propaganda; es un dato económico.


Pero tampoco es propaganda decir que una familia puede vivir una realidad completamente diferente frente a la góndola.


Ahí aparece una de las tensiones centrales de esta etapa: el milagro del Excel contra la tragedia de la heladera.


Una economía puede mejorar sus indicadores y, al mismo tiempo, dejar durante un período considerable a millones de personas intentando recuperar el poder adquisitivo perdido. Puede volver el crédito y, simultáneamente, regresar el endeudamiento de los hogares. Puede estabilizarse una variable y deteriorarse otra. No hay contradicción en reconocer ambas cosas.


El problema aparece cuando se pretende utilizar una para negar la otra.


Durante años la inflación funcionó como una especie de anestesia perversa: licuaba deudas, salarios y contratos, mientras destruía silenciosamente la capacidad de planificar. Ahora, con una economía que intenta estabilizarse, muchas familias se enfrentan a una paradoja diferente: necesitan crédito para sostener un consumo que todavía no pueden financiar con sus ingresos.


La macroeconomía viaja en avión. La vida cotidiana, en cambio, sigue viajando en colectivo.


Por eso pedir paciencia puede ser razonable. Pretender que la paciencia sea confundida indefinidamente con prosperidad ya es otra cosa.


Empresarios: liberales hasta que aparece el Estado


Nuestros empresarios tampoco deberían mirar este proceso desde la tribuna.


El capitalismo argentino tiene una curiosa capacidad para profesar una religión cuando el mercado distribuye beneficios y otra cuando aparece una licitación pública, un subsidio, una protección o un régimen de privilegios.


El RIGI constituye un ejemplo particularmente interesante de esa discusión. Puede ser una herramienta eficaz para atraer inversiones y otorgar previsibilidad a proyectos de gran escala. Pero una pregunta sigue siendo indispensable: ¿qué queda en el territorio después de que llegan los dólares?


Cuánto empleo. Cuánto desarrollo. Cuánta transferencia tecnológica. Cuánto valor agregado. Cuánta recaudación. Y, finalmente, cuánto poder de decisión conserva el Estado sobre aquello que está intentando promover. Porque atraer capital no es lo mismo que desarrollar un país.


La discusión seria no consiste en elegir entre mercado y Estado como si fueran dos equipos de fútbol. Consiste en determinar qué Estado necesitamos para que el mercado produzca riqueza y qué mercado necesitamos para que el Estado no termine convertido en una ventanilla de privilegios.


El empresariado argentino suele descubrir la virtud de la libertad económica hasta que necesita que el ministro atienda el teléfono.


La pureza ideológica dura, en demasiados casos, exactamente hasta la próxima licitación.


Un Estado sin memoria


Y entonces aparece uno de los problemas menos televisados, pero quizá más peligrosos: la pérdida de capacidad del Estado.


Gobernar no consiste solamente en ganar una elección. Tampoco en nombrar personas que compartan la ideología del presidente. Un Estado moderno necesita algo bastante menos espectacular: conocimiento acumulado, funcionarios capaces, procedimientos que funcionen y profesionales que sepan qué están firmando.


Cuando la administración pública se transforma en un casting de obediencia, el deterioro no siempre se nota inmediatamente.


Un expediente mal leído no produce un incendio. Una decisión improvisada tampoco. Un funcionario que teme decirle al jefe que se equivoca puede incluso parecer, durante un tiempo, un funcionario disciplinado.


El problema llega después.


Los Estados no suelen colapsar con una sirena. Se deterioran silenciosamente, expediente tras expediente, cuando la lealtad comienza a valer más que la idoneidad y nadie quiere ser el primero en decir que el emperador está desnudo.


Gobernar requiere convicciones, pero también memoria institucional. Y una sociedad que reemplaza experiencia por obediencia termina pagando dos veces: primero por el error y después por corregirlo.


La Justicia y el viejo arte de esperar


Al fondo de este paisaje aparece la Justicia, que en la Argentina ha desarrollado una virtud particular: sabe esperar.


Tenemos jueces probos, fiscales comprometidos y funcionarios judiciales que trabajan con independencia. Pero también existe una cultura corporativa que ha conseguido algo extraordinario: hacer que la velocidad de una causa parezca, en ocasiones, una variable más del clima político.


El oficialismo puede exhibir la aprobación de 67 pliegos judiciales en un año como un logro institucional. Y puede serlo.


Pero una pregunta más importante permanece intacta: ¿quién controlará mañana a quienes hoy participan de la construcción del poder judicial?


Una Justicia verdaderamente independiente no es aquella que favorece al gobierno que la nombra ni aquella que se opone por sistema.


Es aquella que puede incomodar al amigo con la misma serenidad técnica con la que incomoda al enemigo. En una república adulta, eso debería ser tan aburrido como imprescindible.


Los sobrevivientes


Mientras discutimos todo esto, hay argentinos que no participan de ninguna de estas batallas.


El jubilado que hace cuentas antes de comprar determinados alimentos. El joven que posterga indefinidamente la posibilidad de tener un techo. El pequeño empresario que intenta sostener una estructura con una espalda financiera que no existe. El trabajador que descubre que llegar a fin de mes se ha convertido en una habilidad económica.


Y también están quienes siempre llegan bien parados a las transiciones. Los financistas que saben arbitrar en la incertidumbre, los que consiguen endeudarse barato y protegerse mejor, quienes poseen dólares cuando otros necesitan vender sus activos y quienes tienen suficiente capital para comprar barato aquello que otro ya no puede sostener.


En cada crisis hay perdedores. Pero también hay especialistas en crisis.


Esa diferencia importa.


Porque mientras nosotros discutimos quién ganó la última elección, alguien está calculando quién ganará con sus consecuencias.


El problema no es Milei


Tal vez aquí aparezca la cuestión más incómoda de todas.


Nuestra tragedia no consiste solamente en haber tenido malos gobiernos. Consiste en haber aceptado durante demasiado tiempo una falsa elección: incompetentes con prontuario o iluminados con vocación de redención; estatismo ineficiente o mercado sin controles; pasado glorificado o futuro convertido en dogma.


Como si no existiera una tercera posibilidad.


Como si una sociedad de cuarenta y tantos millones de personas estuviera condenada a esperar, cada cuatro años, que aparezca alguien suficientemente convencido de sí mismo como para prometernos que esta vez él arreglará lo que nosotros no pudimos.


La Argentina no necesita otro Mesías.


Milei no es el salvador enviado por las fuerzas del cielo, pero tampoco es el demonio surgido de las profundidades. Es, en buena medida, la respuesta brutal que una sociedad agotada produjo después de demasiados años de frustraciones acumuladas.


Y ahora llega la parte difícil.


Porque casi tres años después del comienzo de su gobierno, el retrovisor ya no puede seguir funcionando como coartada permanente. Quien ocupa el sillón de Rivadavia hereda los problemas, sí. Pero también hereda la responsabilidad de resolverlos.


El peronismo tendrá que demostrar que puede existir más allá de Cristina. El PRO tendrá que demostrar que puede existir más allá de Macri. La Libertad Avanza tendrá que demostrar que puede convertirse en algo más que la prolongación política de una persona.


Y quizá la verdadera madurez argentina consista en descubrir que ningún partido debería necesitar un apellido para explicar su existencia.


Eso sería, para nuestra historia, una revolución mucho más profunda que cambiar nuevamente de ideología.


La costumbre de ser espectadores


Mientras Karina prepara la próxima campaña, Macri calcula su margen de supervivencia, Cristina conserva su feudo político y los empresarios hacen sus cuentas, la sociedad corre el riesgo de volver al lugar que conoce mejor: la platea.


Observamos el espectáculo. Discutimos a los protagonistas. Elegimos villanos. Defendemos héroes. Esperamos el próximo salvador. Y mientras tanto, olvidamos una verdad bastante menos cómoda: los hilos de esas marionetas también pasan por nuestras manos.


Nos gusta pensar que la política es algo que hacen ellos. Que la decadencia tiene responsables perfectamente identificables y que, una vez encontrados, basta con reemplazarlos para que el país comience a funcionar. Es una fantasía tranquilizadora.


Porque si el problema son siempre ellos, nosotros quedamos convenientemente liberados de cualquier responsabilidad.


Quizá por eso votamos salvadores. No solamente porque sean convincentes, sino porque su existencia nos permite delegar algo mucho más pesado que un voto: la responsabilidad de convertirnos en ciudadanos.


Nos refugiamos en la ilusión del próximo milagro porque el milagro evita una tarea mucho más ingrata. Construir instituciones. Exigir resultados sin importar quién gobierne. Defender reglas incluso cuando perjudican al propio sector. Aceptar que la democracia no consiste en encontrar al hombre correcto, sino en impedir que cualquier hombre se vuelva imprescindible.


Ese trabajo no tiene épica. No produce multitudes enfervorizadas. No llena estadios. No cabe fácilmente en un eslogan. Pero es el único que funciona.


Seguiremos fabricando redentores mientras sigamos buscando una salida que nos ahorre el esfuerzo de cambiar las condiciones que producen el problema.


Y probablemente volveremos a descubrir, con esa precisión humillante con la que un reloj repite la misma hora equivocada, que detrás del héroe nuevo aparecen viejas prácticas, viejos intereses y viejos actores con distinto vestuario.


Porque la política argentina aprendió hace mucho a administrar la decadencia.


Lo que todavía no aprendimos es algo bastante más difícil: cómo dejar de necesitarla. La tragedia, entonces, no es que nos mientan. La tragedia es que seguimos esperando que alguien venga a salvarnos de una historia de la que también somos autores. 


Y mientras esperamos al próximo salvador, los sobrevivientes seguimos haciendo lo que mejor sabemos hacer: sobrevivir. 

Claudio Novillo

Por
Claudio Novillo

Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis

Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.

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