Desde los chamanes hasta la inteligencia artificial, cada época ha fabricado sus propias respuestas. Tal vez la obsesión por el más allá no busque la verdad, sino silenciar el miedo a desaparecer.
Hay una anciana lakota que, sentada frente a una grabadora en 1979, aseguró que la muerte no existe, que el espíritu simplemente continúa su camino. A miles de kilómetros, un sacerdote cristiano predica que al otro lado nos espera el juicio de Dios. En la India, millones de personas creen que volveremos una y otra vez, disfrazados de otras vidas. Mientras tanto, algún físico materialista, rodeado de ecuaciones, pantallas y resonancias magnéticas, sostiene que cuando el cerebro se apaga no queda absolutamente nada. Se acabó la función. Sin bis, sin camarines y sin devolución de entradas.
Al final, todos terminan sentados a la misma mesa. Y hay algo que los iguala de manera bastante democrática: ninguno puede demostrar que tiene razón. Sin embargo, millones de personas están dispuestas a jugarse la vida, el patrimonio, las guerras, las leyes y hasta el destino de sus hijos por alguna de esas versiones. Curiosa especie la nuestra: capaz de exigir garantías para comprar una heladera, pero dispuesta a hipotecar la eternidad por una promesa que nadie ha conseguido verificar.
¿Por qué?
Porque la muerte sigue siendo el único territorio que la humanidad no ha logrado conquistar. Hemos domesticado la electricidad, aterrizado en la Luna, dividido el átomo, descifrado buena parte del genoma humano y enviado máquinas a husmear en Marte. Hemos puesto satélites en órbita y teléfonos inteligentes en manos de personas que todavía creen que reenviar una cadena de WhatsApp puede evitar una desgracia. Hemos avanzado muchísimo, aunque no siempre en la dirección correcta. Pero basta pronunciar una pregunta para que toda nuestra soberbia tecnológica se desinfle como un globo pinchado.
¿Qué hay después de la muerte?
La respuesta intelectualmente honesta cabe en tres palabras: no lo sabemos. Y ahí comienza el verdadero negocio de la humanidad. Porque cuando el conocimiento encuentra una pared, la imaginación suele levantar un edificio entero. Durante milenios hemos construido catedrales de palabras para no tener que mirar demasiado tiempo el agujero de la incertidumbre. Cielos, infiernos, Valhallas, campos de caza eternos, reencarnaciones, paraísos, mundos espirituales, dimensiones superiores y almas inmortales. Un catálogo extraordinario de destinos posibles, aunque ninguno venga acompañado de pasaje de regreso ni de una fotografía tomada desde el otro lado.
Cada civilización puso su decoración, eligió sus personajes y escribió sus propias instrucciones de uso para la eternidad. Cambiaron los dioses, los nombres y los rituales, pero el miedo permaneció intacto, agazapado detrás de cada ceremonia, como un perro callejero que reconoce a su dueño incluso cuando este se disfraza. Y aquí aparece una de las contradicciones más deliciosamente humanas.
Nos consideramos racionales. Exigimos pruebas para comprar un automóvil usado, desconfiamos de un vendedor demasiado sonriente y revisamos hasta la letra pequeña de un préstamo bancario. Pero cuando el asunto es nuestra desaparición definitiva, el rigor científico suele salir por la puerta de servicio. Basta una promesa bien pronunciada, una historia conmovedora o un señor con túnica que asegure conocer los planos del más allá para que millones entreguen su confianza, su dinero y, en ocasiones, hasta su libertad.
No se trata necesariamente de estupidez. Sería demasiado fácil y, además, bastante cómodo para quienes nos creemos inmunes a las supersticiones. Se trata de una necesidad emocional mucho más profunda: la mayoría de las personas no busca una explicación verdadera sobre la muerte; busca una explicación que pueda soportar sin sentir que el suelo desaparece bajo sus pies. Y son dos cosas muy distintas.
La verdad, si algún día conseguimos conocerla, podría ser fría, incómoda o sencillamente insoportable. Podría no tener música celestial, reencuentros familiares ni jardines luminosos. Podría consistir en algo que nuestra imaginación considera una grosería: que no haya absolutamente nada. El cerebro humano, sin embargo, detesta los espacios vacíos. Necesita completar la imagen, aunque para hacerlo tenga que dibujar con los ojos cerrados.
Por eso culturas separadas por océanos, desiertos y siglos terminaron imaginando destinos que, pese a sus diferencias, comparten una misma raíz. No necesariamente porque todas hayan descubierto una verdad universal, sino porque todas tuvieron que enfrentarse al mismo enemigo: la conciencia de que somos temporales.
Nos aterra dejar de existir. Nos espanta pensar que nuestros recuerdos, nuestros amores, nuestras derrotas y aquellas pequeñas escenas que nos hicieron felices puedan desaparecer sin dejar más rastro que una fotografía amarillenta en un cajón. Nos cuesta aceptar que el universo, que llevaba miles de millones de años funcionando antes de nuestra llegada, probablemente no interrumpa sus actividades cuando nos marchemos.
El cosmos no parece demasiado interesado en nuestras despedidas. No tiene la delicadeza de detenerse un minuto para acompañarnos... y entonces aparecen los narradores del más allá.
Los chamanes, los sacerdotes, los profetas, los gurús, los filósofos, los escritores y los poetas. Cada uno con su mapa, su brújula y su particular manera de señalar un territorio al que nadie ha conseguido regresar con pruebas verificables. Algunos lo hacen por convicción, otros por tradición, otros por necesidad y, no faltan, los que descubrieron que el miedo ajeno puede convertirse en una profesión extraordinariamente rentable.
Sería injusto, sin embargo, meterlos a todos en la misma bolsa. Muchas de esas creencias cumplen una función profundamente humana. Consuelan a quienes han perdido a alguien, permiten despedidas, ofrecen compañía en la soledad y ayudan a atravesar ese momento en que la vida parece haberse convertido en una habitación demasiado grande y demasiado vacía. Una madre que encuentra consuelo pensando que volverá a abrazar a su hijo no necesita que un desconocido le arranque esa esperanza con una demostración de superioridad intelectual. Pero tampoco necesita que alguien le venda esa esperanza como una certeza científica.
Ahí está la frontera que conviene no cruzar: una cosa es el consuelo y otra muy distinta es la verdad. Que una creencia nos haga bien no significa que sea cierta, del mismo modo que una mentira piadosa no se transforma en un hecho porque consiga hacernos dormir mejor.
La historia está llena de certezas que terminaron desmoronándose. Durante siglos se creyó que el Sol giraba alrededor de la Tierra. Parecía evidente, tenía respaldo institucional y encajaba perfectamente con la experiencia cotidiana. El mundo entero podía mirar hacia arriba y encontrar motivos para sentirse en el centro del universo. Después llegó la evidencia y nos recordó, con una modestia bastante humillante, que no somos el ombligo de nada.
Quizá algún día descubramos que ciertas creencias sobre la muerte tenían algo de verdad. Quizá comprobemos que todas eran construcciones de nuestra imaginación. O quizá la respuesta permanezca fuera de nuestro alcance, indiferente a nuestras preguntas y a la desesperación con que las formulamos.
Mientras tanto, seguimos aferrados a nuestros relatos, como quien se agarra de una baranda oxidada durante una tormenta. Y no deja de ser paradójico: la especie que construyó telescopios para observar los confines del universo todavía no consigue mirar serenamente el final de su propia existencia.
Tal vez por eso la anciana lakota, el monje budista, el rabino, el sacerdote, el chamán y el científico continúan compartiendo escenario. Sus respuestas se contradicen, sus doctrinas se enfrentan y sus explicaciones rara vez consiguen ponerse de acuerdo. Pero todos, desde sus respectivas trincheras, están intentando responder la misma pregunta. Y todos trabajan con el mismo material: la incertidumbre.
Lo verdaderamente asombroso no es que existan tantas historias sobre la muerte. Lo asombroso es la desesperación con que necesitamos creer alguna de ellas. Hemos levantado imperios, fundado religiones, escrito bibliotecas y declarado guerras para defender respuestas que nadie puede garantizar. Hemos convertido una pregunta sin resolver en una frontera entre pueblos, una razón para condenar al vecino y, en demasiadas ocasiones, una excusa para administrar el miedo de los demás.
Quizá el problema nunca haya sido la muerte, sino nuestra incapacidad para aceptar que no tenemos el control de todo. Nos pasamos la vida intentando dominar el tiempo, acumular cosas, dejar huellas y convencernos de que somos indispensables. Después llega la muerte y nos recuerda que el universo no firma contratos de permanencia.
Y acaso haya una última ironía, todavía más incómoda: mientras discutimos apasionadamente qué nos espera después, se nos escapa la única existencia cuya realidad podemos comprobar.
Esta.
La vida que transcurre mientras rezamos, discutimos, acumulamos certezas, perseguimos promesas de eternidad y dejamos para mañana los abrazos que podríamos dar hoy. Porque, al final, tal vez no estemos buscando el misterio del universo. Tal vez estemos intentando calmar ese temblor íntimo que nos recorre cuando comprendemos que un día dejaremos de estar aquí.
Y mientras tanto, la muerte sigue sin pronunciar una sola palabra. Nosotros, en cambio, llevamos miles de años hablando por ella.
Por
Claudio Novillo
Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis
Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.
