El fútbol siempre quiso ser un espejo limpio, un cristal donde se reflejara la justicia de los 90 minutos. Pero el cristal está rajado. La tarjeta roja que debía dejar fuera a Folarin Balogun se convirtió en un papel mojado, un chiste de mal gusto, un guiño cómplice entre Infantino y Trump.
Infantino creyó que podía controlar el ruido: un comité disciplinario que decide, un comunicado que suaviza, un reglamento que se dobla como alambre. Pero apareció Trump, con su dedo digital, con su tuit de felicitación, y el Mundial se transformó en un circo romano. El emperador aplaude, el gladiador juega. La ley se convierte en espectáculo.
La ironía es brutal: el fútbol presume de reglas claras, de sanciones que no distinguen pasaporte ni bandera. Sin embargo, bastó un gesto político para que la tarjeta roja se volviera verde dólar. El delantero estadounidense, indultado como si la cancha fuera un tribunal de favores, se convirtió en símbolo de lo que el poder absoluto puede hacer con un deporte que debería ser de todos.
Infantino sonríe, Trump festeja. Los hinchas miran. Y el mundo entiende que la corrupción no necesita escondites: se exhibe en pantalla gigante, se celebra en redes sociales, se viste de épica nacional. La moraleja es amarga: cuando el poder político se sienta en el palco y dicta quién juega y quién no, el fútbol deja de ser fútbol. Se convierte en propaganda, en negocio, en un teatro donde la justicia se alquila por temporada.
El escándalo no es solo la sanción levantada. El escándalo es la obscenidad de la complicidad. Es la falta de escrúpulos de quienes manejan el deporte como si fuera una empresa privada, un casino donde las fichas se reparten según conveniencia. Es la certeza de que el reglamento no vale nada frente al poder de un apellido.
El fútbol, ese juego que alguna vez fue refugio de ilusiones, hoy es un espejo de la corrupción mundial. La pelota rueda, sí, pero las decisiones se compran. El árbitro sanciona, pero el comité indulta. Y los hinchas, que deberían ser el alma del espectáculo, quedan reducidos a espectadores de un teatro donde el guion lo escriben los poderosos.
Sabina diría que la vida es un relámpago entre dos oscuridades. Aquí el relámpago es la tarjeta roja que nunca fue. La oscuridad es el poder que todo lo corrompe. Y la poesía se convierte en denuncia: el fútbol perdió lo único que lo hacía universal, la ilusión de que todos jugaban con las mismas reglas. La moraleja final es sencilla: cuando el poder absoluto se mete en la cancha, el deporte se convierte en caricatura. Y la tarjeta roja, símbolo de justicia, se transforma en un chiste cruel.
Por
Claudio Novillo
Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis
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