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Una generación única



Nací, como quien dice, lanzado al mundo sin manual de instrucciones. He vivido en ocho décadas distintas, en dos siglos, en dos milenios. Esto no lo puede decir cualquiera sin que le tiemble un poco la voz.


Crecí cuando la vida iba despacio, cuando las cosas se arreglaban con alambre, paciencia y una conversación; cuando los veranos olían a pantalón corto, rodillas peladas y una libertad sin horarios… bueno, con algún horario sí. Estudié cuando estudiar era memorizar, repetir y respetar. Cuando se noviaba de verdad: mirándose a los ojos, escribiendo cartas, sabiendo esperar. Me casé cuando el mundo todavía parecía eterno, y el tiempo me demostró que no lo era.


He visto funcionar el teléfono con operadora, con ruedita y con teclas; hoy hago videollamadas desde cualquier rincón del planeta. Pasé del vinilo al casete, del casete al CD, y del CD a no tocar nada. De ir al videoclub a elegir una película, a pasar media hora decidiendo qué ver en la pantalla para terminar quedándome dormido. Escuché el fútbol por la radio, lo vi en blanco y negro, y ahora lo transmiten en alta definición, aunque a mí me siga sin gustar.


Conocí las primeras computadoras: enormes, lentas, incomprensibles, con sus tarjetas perforadas y aquellos disquetes que se rompían si los mirabas mal. Hoy llevo en el bolsillo más memoria que la NASA cuando llegó a la Luna. Esquivamos la polio, la meningitis, la gripe aviar… y cuando pensábamos que ya lo habíamos visto todo, llegó la pandemia para recordarnos que seguimos siendo frágiles.


Nos deslizamos en carritos hechos con palos de escoba y rulemanes, manejamos autos que olían a nafta y libertad, y ahora el mundo avanza en silencio, eléctrico… pero no necesariamente más humano. Dicen que somos xennials, yo digo que somos los sobrevivientes del cambio: ni analógicos del todo ni digitales por completo; una especie rara. La generación que tuvo una infancia sin pantallas y una madurez rodeada de ellas. Los que tuvimos que aprender a adaptarnos sin que nadie nos preguntara si queríamos.


Y ahora, cuando miro, ya es por la tarde. Cuando miro, ya es viernes. Cuando miro, el año se ha ido. Cuando miro, muchos ya no están: amigos perdidos en caminos que no sé dónde desembocan, amores que se fueron y dejaron silencio, personas que daría cualquier cosa por abrazar una vez más.


Entonces lo entiendo todo: la vida no era un ensayo, era la función principal.


Por eso ya no pospongo. Por eso no dejo para después lo que puedo hacer ahora mismo. Por eso cuido a los amigos que quedan, digo lo que siento y disfruto el viaje. Porque el tiempo no se devuelve, no se negocia y no espera. El día es hoy, no mañana. Hoy.


Y si este mensaje no se comparte, no pasa nada. Lo importante es vivirlo. Porque nosotros, los que nacimos cuando el mundo aún aprendía a correr, somos una generación única. No porque seamos mejores, sino porque lo vimos todo… y seguimos en pie.


Claudio Novillo

Por
Claudio Novillo

Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis

Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.

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