La noche se había tendido sobre las lomadas del Tajamar como un manto profundo y transparente. Era julio, y el frío se metía por la ropa con esa persistencia silenciosa de las madrugadas tucumanas.
A nuestro alrededor, los sembradíos de limones descendían y trepaban suavemente por las ondulaciones del terreno, ordenados en hileras oscuras que parecían perderse en la distancia. Más allá comenzaban los montes cerrados de cebiles y la vegetación espesa de la zona, una masa negra y compacta que durante el día parecía familiar y por la noche adquiría una dimensión casi amenazante.Cerca del calicanto, a la par de la casa, el fogón crepitaba con fuerza. De vez en cuando una brasa estallaba y lanzaba diminutas chispas hacia el aire helado. El viento era suave, apenas un roce entre las ramas, pero suficiente para llevar y traer el olor de la leña quemada. Las chicharras sostenían su canto obstinado desde algún rincón del monte, como si nada extraordinario estuviera sucediendo.
Los perros, en cambio, no parecían compartir aquella tranquilidad.
Se movían inquietos, levantaban el hocico y miraban hacia el cerco. Algunos gruñían apenas. Otros permanecían inmóviles, atentos a algo que nosotros no podíamos distinguir. Carolina, la ovejero alemán, se mantenía a mi lado. Su cuerpo firme rozaba mis piernas cada tanto, como si quisiera asegurarse de que yo siguiera allí.
Mi padre, Abel, y Don Pedro estaban cerca. Los tres habíamos visto aquella claridad y ninguno encontraba una explicación razonable.
Era una noche extraordinariamente limpia. El cielo parecía recién lavado, cargado de estrellas, tantas que resultaba difícil imaginar que pudiera existir algo más luminoso en aquella oscuridad. Y, sin embargo, allí estaba.
Al principio fue apenas un resplandor. Una claridad débil, casi imperceptible, que comenzó a insinuarse detrás del cerco. No parecía provenir de una lámpara, ni de una casa, ni de ningún vehículo.
Tampoco tenía la quietud de una estrella. Su intensidad cambiaba lentamente, como si algo invisible estuviera despertando. La observamos en silencio.
La luz creció.
Primero fue tenue; después adquirió una blancura limpia, extraordinaria, hasta imponerse sobre el cielo. Llegó un momento en que parecía brillar con mayor
intensidad que las propias estrellas. Los árboles del monte aparecieron recortados contra ella y los limoneros adquirieron un aspecto irreal, casi fantasmal.
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme con fuerza.
Había miedo, sí. Pero también una curiosidad difícil de dominar. Una parte de mí quería retroceder y buscar la seguridad de la casa; otra necesitaba acercarse. La incredulidad luchaba contra aquello que mis propios ojos estaban viendo.
—Claudio...
Escuché mi nombre. No respondí.
Carolina mi perra, se puso rígida al lado.
La luz permanecía allí. Y entonces hice algo que todavía hoy me cuesta explicar.
Avancé.
No porque hubiera dejado de tener miedo. Al contrario: cada paso aumentaba la sensación de peligro. Pero había algo dentro de mí que pesaba más que el temor. Si aquello era real, si escondía alguna explicación, yo quería verla. Quizás fuera una imprudencia. Quizás una estupidez propia de la juventud. Pero en ese momento tuve la certeza de que el riesgo valía la pena.
Di otro paso... y otro.
La distancia entre nosotros y aquella claridad comenzó a reducirse.
Detrás de mí escuché la voz de mi padre.
—¡Claudio!
Don Pedro murmuraba algo que no alcancé a entender. Tal vez rezaba. Los perros comenzaron a mostrarse todavía más nerviosos. Carolina, en cambio, permaneció junto a mí, aunque podía sentir la tensión de sus músculos.
Yo seguí. La luz no retrocedía.
Parecía esperarme.
Entonces sucedió.
Sin aviso, aquella blancura se contrajo y se transformó en un resplandor anaranjado, apagado, intermitente. No era exactamente una llama. Era algo más extraño: un hilo de color vivo que parecía desplazarse con una velocidad imposible hacia el monte.
Titiló. Se apagó. Y volvió a aparecer más lejos. Durante un instante pensé que mis ojos me estaban engañando.
Después el monte entero se encendió. La claridad blanca regresó con una intensidad brutal. Los cebiles, los arbustos, las ramas y hasta los desniveles del terreno quedaron expuestos bajo aquel resplandor. La luz atravesaba la vegetación como si las hojas no existieran. Cerré los ojos por reflejo, pero el fulgor continuó allí, impreso detrás de los párpados.
Sentí una descarga de ansiedad. Ya no estaba simplemente contemplando algo inexplicable. Estaba demasiado cerca.
El frío de julio desapareció por unos segundos, sustituido por una sensación extraña, una mezcla de vértigo y determinación. Mi mente buscaba desesperadamente una explicación lógica: algún reflejo, una descarga eléctrica, un fenómeno atmosférico, cualquier cosa que pudiera devolver aquello al mundo conocido.
Pero ninguna explicación alcanzaba. La luz parecía tener voluntad. Respiraba. Latía.
Y por momentos daba la impresión de avanzar entre los árboles, aunque no podía distinguir ningún cuerpo, ninguna fuente, ninguna forma que la produjera.
Carolina soltó un gruñido bajo.
La miré.
Tenía los ojos fijos en el monte. No me estaba mirando.
Estaba mirando hacia aquello.
Fue entonces cuando comprendí que no era el único que percibía algo fuera de lo normal.
La voz de mi padre volvió a llegar desde atrás. Esta vez no era un llamado tranquilo.
Era una orden. Pero permanecí inmóvil.
Había llegado hasta allí impulsado por la audacia y, quizá, por una confianza absurda en que podría regresar cuando quisiera. Ahora, frente a aquella presencia luminosa, descubrí que la intrepidez tiene un límite: el instante exacto en que uno comprende que ha cruzado una frontera que no sabe cómo desandar.
La luz volvió a modificarse.
La blancura perfecta empezó a perder intensidad. Lentamente se volvió amarillenta, después naranja, hasta quedar reducida a aquel pequeño resplandor tembloroso que parecía esconderse entre los árboles.
Y de pronto desapareció.
El monte volvió a ser negro.
Las estrellas recuperaron su dominio sobre el cielo. El canto de las chicharras regresó con una claridad casi dolorosa. El viento volvió a sentirse sobre la piel. Desde la casa llegó el sonido del fogón, el chasquido de una rama consumiéndose en las brasas.
Todo parecía exactamente igual.
Pero no lo era.
Carolina permaneció junto a mí, alerta, como si todavía esperara que aquello regresara. Los otros perros continuaban inquietos. Mi padre no dijo nada durante unos segundos. Don Pedro seguía con la mirada perdida hacia el monte.
Yo tampoco encontraba palabras. Había ido hacia aquella luz buscando una explicación. Había regresado con una pregunta.
Durante mucho tiempo intenté convencerme de que debía existir una respuesta sencilla. Un fenómeno natural. Un reflejo. Una ilusión producida por la oscuridad. Algo que pudiera encerrarse dentro de una explicación racional.
Pero aquella noche había visto la luz.
La había visto cambiar, desplazarse, desaparecer y regresar. Había sentido su presencia antes de comprender qué era. Y, sobre todo, había sentido algo que todavía hoy permanece intacto en mi memoria: la certeza de que, durante unos minutos, aquella claridad pertenecía a un mundo que no era completamente el nuestro.
Quizás eso sea la verdadera Luz Mala. No una aparición ni un fuego perdido en el monte.
Tal vez sea ese instante en que la oscuridad deja de parecernos vacía y descubrimos que, detrás de ella, puede existir algo que nos observa. Algo que nos permite acercarnos.
Solo lo suficiente para que nunca volvamos a olvidar que estuvimos allí.
Por
Claudio Novillo
Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis
Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.
