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Dólares, demoras e impunidad.



La Argentina vuelve a exhibir su tragicomedia política en formato de reality show: dólares apilados en un vestidor, un ex funcionario que se pasea con la tranquilidad de quien sabe que la Justicia lo protege, y una sociedad que observa, incrédula, cómo la impunidad se viste de lujo. 


El caso de Martín Insaurralde, reactivado por la difusión de videos donde su ex esposa aparece rodeada de billetes, es apenas otro capítulo de una saga que ya tuvo su yate mediterráneo, sus amistades estratégicas y su silencio judicial. Nada nuevo bajo el sol, salvo la confirmación de que la corrupción no se esconde: se exhibe con descaro y se pavonea frente a las cámaras.  


La Justicia, mientras tanto, avanza con la velocidad de un expediente olvidado en un cajón. Las causas de corrupción se acumulan, las demoras se eternizan y las señales contradictorias de los tribunales terminan favoreciendo a quienes deberían rendir cuentas. En el caso Insaurralde, la investigación por enriquecimiento ilícito lleva casi tres años sin resolución concreta, pese a las pruebas documentales y los movimientos financieros detectados. La igualdad ante la ley se convierte en un eslogan vacío, y la confianza ciudadana se erosiona cada vez que un juez decide que el tiempo es más eficaz que la verdad. La corrupción, enquistada en los poderes, funciona como una humedad persistente: aunque se intente taparla, siempre vuelve a brotar.  


El entramado de relaciones personales completa la escena: un ex jefe de Gabinete que se refugia en amistades con abogados mediáticos, una ex esposa que se convierte en protagonista involuntaria, y un sistema político que parece más preocupado por proteger a los suyos que por dar explicaciones. La paradoja es grotesca: mientras los dólares se cuentan en fajos, los ciudadanos cuentan los días esperando una justicia que nunca llega. En los pasillos judiciales, los expedientes se apilan junto a los cafés fríos y las excusas de turno. Nadie parece apurado por esclarecer nada, y los tiempos procesales se transforman en una estrategia de supervivencia para los acusados.  


La ironía final es que, en este país, los vestidores pueden ser más reveladores que los tribunales. Allí donde debería haber transparencia, hay fajos de billetes; donde debería haber condena, hay demoras; donde debería haber igualdad, hay privilegios. La corrupción se ajusta como un traje a medida al cuerpo del poder, y la democracia se desgasta en cada aplauso a la impunidad. La pregunta no es si habrá justicia, sino cuánto tiempo más soportará la sociedad este teatro de contradicciones. Porque mientras los expedientes se oxidan, los dólares siguen brillando, y la corrupción se pasea, impune, como si fuera la verdadera dueña del escenario.  


Y así, entre yates, vestidores y amistades convenientes, la política argentina continúa su desfile de cinismo. Los mismos nombres, las mismas maniobras, los mismos silencios. La diferencia es que ahora la impunidad tiene buena iluminación y sonido estéreo. Lo que antes se ocultaba tras los muros del poder, hoy se muestra en alta definición. Y la Justicia, como siempre, mira hacia otro lado, esperando que el escándalo se apague solo, como una noticia vieja. Pero la corrupción no se apaga: se recicla, se adapta, se reinventa. Y mientras tanto, el país sigue pagando el precio de su propia tolerancia. 

Claudio Novillo

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Claudio Novillo

Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis

Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.

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