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Construyeron propaganda, sembraron ruinas

 Hay terremotos que destruyen ciudades. Y hay terremotos que también destruyen relatos.


Durante años, el chavismo exhibió sus viviendas sociales como el gran símbolo de una revolución que prometía dignidad para los más humildes. Eran el decorado perfecto de la propaganda oficial: edificios inaugurados entre aplausos, cadenas nacionales y discursos grandilocuentes. Se vendían como monumentos al progreso. Hoy, donde había promesas, quedan montañas de hormigón roto.


La naturaleza no entiende de consignas. No vota. No aplaude. No negocia con la propaganda. Cuando la tierra decidió hablar, puso a prueba algo más que la resistencia de las estructuras: puso a prueba décadas de corrupción, improvisación y culto a la imagen.


El cemento no responde a los discursos. Responde a la calidad de los materiales, al cálculo estructural, a los controles de obra y a la honestidad de quienes administran los recursos públicos. Allí donde esas bases fallan, los edificios dejan de ser hogares para convertirse en trampas mortales.


Mientras las cámaras oficiales buscan culpables en el destino, las calles muestran otra realidad. Familias enteras esperan noticias entre escombros. El olor de la muerte reemplaza al de la pintura fresca de las inauguraciones televisadas. Los cuerpos cubiertos con sábanas recuerdan, en el silencio más brutal, que la propaganda nunca sostuvo un techo.


Cada ladrillo caído es también una pregunta incómoda. ¿Cuántas advertencias fueron ignoradas? ¿Cuántos controles nunca existieron? ¿Cuánto dinero destinado a construir terminó alimentando una maquinaria política en lugar de garantizar viviendas seguras?


Los gobiernos autoritarios suelen construir relatos mucho más rápido que instituciones. Levantan monumentos a su propia imagen mientras descuidan aquello que no aparece en las fotografías: inspecciones, mantenimiento, transparencia y rendición de cuentas. El resultado termina siendo el mismo: estructuras que parecen sólidas hasta que enfrentan la primera prueba real.


Porque la verdad tiene una virtud incómoda: siempre termina saliendo a la superficie, incluso entre toneladas de escombros.


Cuando el polvo se asiente, habrá que reconstruir viviendas. Pero también habrá que reconstruir algo mucho más difícil: la confianza de un pueblo que descubrió, de la manera más cruel, que ningún cartel propagandístico puede sostener un edificio cuando sus cimientos fueron levantados sobre la negligencia.


La tierra tembló apenas unos minutos. Las consecuencias de años de desidia, en cambio, seguirán pesando durante generaciones.

Claudio Novillo

Por
Claudio Novillo

Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis

Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.

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