La religión es, todavía hoy, el mejor truco editorial de la historia: logró que relatos imposibles se acepten como hechos, que milagros improbables se enseñen como cronología y que la fe se disfrace de documento.
El mar que se abre, los panes que se multiplican, los muertos que regresan como si tuvieran contrato de temporada: todo eso se recita con solemnidad, aunque ningún arqueólogo encontró jamás las huellas de esas multitudes ni los restos de esos ejércitos ahogados. La religión convirtió la falta de evidencia en virtud, y la contradicción en dogma.
La figura de Moisés es, en términos periodísticos, un fantasma editorial: no hay pruebas arqueológicas, no hay registros contemporáneos, no hay documentos egipcios que lo mencionen. Nada. Y sin embargo, se lo sigue presentando como un personaje histórico, como si hubiera liderado multitudes por el desierto y enfrentado faraones con plagas cinematográficas. La ironía es brutal: lo que no existe en evidencia, existe en catecismos y manuales escolares.
La historia del Éxodo es un relato construido siglos después, en el exilio de Babilonia, cuando los israelitas necesitaban justificar su identidad y su territorio. Allí, con pluma y fe, invirtieron hechos históricos ocurridos en Egipto y los reescribieron como epopeya nacional. El resultado fue un guion perfecto: un pueblo elegido por Dios, liberado de la esclavitud, destinado a ocupar la tierra prometida. Una narrativa política disfrazada de milagro.
El periodismo serio no puede ignorar que estamos ante una operación cultural: un pueblo que, en medio de la derrota y el destierro, inventa un pasado glorioso para sostener su presente. Y lo más ridículo es que esa ficción, escrita para sobrevivir, terminó convertida en dogma universal. Durante siglos, millones repiten la historia de Moisés como si fuera un hecho comprobado, cuando en realidad es un relato sin pruebas, un mito con poder.
La religión logró lo que ningún régimen propagandístico alcanzó: instalar una mentira como verdad oficial durante milenios. Que todavía hoy se enseñe el Éxodo como historia real es un insulto a la arqueología, a la historiografía y al sentido común. Pero ahí está, blindado por la fe, protegido por la tradición, y sostenido por instituciones que prefieren la ficción a la evidencia.
El verdadero milagro no fue que Moisés abriera el mar, sino que la humanidad siga creyendo que lo hizo. Esa es la fuerza de la religión: convertir la ausencia de pruebas en certeza, y la invención en historia. Y mientras tanto, seguimos aceptando que un relato escrito en el exilio de Babilonia tenga más peso que cualquier hallazgo arqueológico.
La conclusión es dura pero inevitable: Moisés nunca existió como figura histórica. Lo que sí existió fue la necesidad política de un pueblo de inventarse un pasado heroico. Y esa necesidad, disfrazada de revelación divina, se convirtió en una de las ficciones más poderosas de la humanidad. Una ficción que todavía hoy manda, gobierna y se enseña como si fuera verdad.
Por
Claudio Novillo
Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis
Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.
