Argentina discute mucho y conversa poco. Grita bastante y escucha casi nada. Tal vez porque vivimos en la época del algoritmo, ese nuevo oráculo que no habla desde Delfos sino desde una pantalla. El algoritmo no premia la sensatez: premia el escándalo. No recompensa la verdad: recompensa la furia. Y así estamos, gobernados muchas veces no por estadistas sino por tendencias.
En ese teatro ruidoso, el kirchnerismo ha representado durante años una de las versiones más dañinas de nuestra decadencia: la confusión deliberada entre Estado y facción, entre relato y realidad, entre épica y caja. Han sido expertos en administrar emociones ajenas mientras administraban bastante mal los problemas concretos. La inflación subía, la pobreza crecía, pero siempre había una consigna lista para distraer al público. Un truco admirable, si no hubiera sido tan costoso.
También fueron hábiles en otro arte menor: usar al catolicismo como accesorio moral. Un rosario en campaña, una foto oportuna con un sacerdote, una cita piadosa cuando convenía. Dios convertido en utilería. La fe reducida a escenografía. Y si no alcanzaba con Dios, entonces Perón. Y si no alcanzaba con Perón, entonces el Papa. Siempre alguna figura superior disponible para bendecir lo que en el fondo era puro cálculo terrenal.
El problema no es solo de un sector, aunque algunos lo perfeccionaron con notable disciplina. El problema argentino es esa costumbre de invocar símbolos sagrados para fines demasiado humanos. Se usa a Perón como estampita portátil. Se usa al Papa como certificado de virtud. Se usa al pueblo como palabra mágica. Pero cuando el pueblo vota mal —es decir, cuando no los vota a ellos— entonces el pueblo pasa a ser ignorante, manipulado, ingrato, desclasado o víctima de sí mismo.
Dicen amar al pueblo con una intensidad conmovedora. Lo aman, claro, mientras obedezca.
El peronismo nació bajo la idea de la comunidad organizada. Una noción discutible para algunos, valiosa para otros, pero al menos contenía una aspiración de armonía entre sectores distintos. Hoy muchas de sus expresiones parecen haber derivado en la comunidad organizada del resentimiento: unos contra otros, pobres contra ricos, jóvenes contra viejos, capital contra interior, periodistas contra ciudadanos, ciudadanos contra ciudadanos. Todos contra todos. Un gran negocio político: dividir para conducir.
Y mientras tanto, millones de personas dependen de la asistencia estatal no como puente hacia la autonomía, sino como sala de espera perpetua. Esa es una tragedia silenciosa. Porque la ayuda necesaria cuando hay emergencia se vuelve humillación cuando se eterniza. Un país no puede resignarse a administrar pobreza con buenos modales y discursos sensibles.
Además opera el olvido dirigido: esa industria nacional que selecciona qué recordar y qué enterrar. Se recuerda lo útil, se borra lo incómodo. Se homenajea una mitad de la historia y se demoniza la otra. Así no se construye memoria; se fabrica propaganda retrospectiva.
Nunca habrá verdadera unidad nacional si seguimos usando a Dios, a Perón o al Papa según convenga la ocasión. Nunca habrá reconciliación si cada símbolo común es secuestrado por una tribu. Nunca habrá futuro si la historia es apenas un botín narrativo.
Se habla mucho de la “cultura del encuentro” en tiempos de fragmentación. Hermosa expresión. Lástima que a menudo se la pronuncia con el mismo entusiasmo con que se firma un saludo protocolar. El encuentro exige algo más incómodo que una frase: exige renunciar al fanatismo, aceptar matices, admitir errores, reconocer al adversario como compatriota y no como enemigo moral.
Eso, en la Argentina actual, suena casi revolucionario.
Tal vez el verdadero cambio no consista en ganar una elección, derrotar una facción o imponer una moda ideológica. Tal vez consista en algo más modesto y más difícil: dejar de actuar para la tribuna digital y empezar a gobernar para las personas reales.
Las personas reales no viven en el algoritmo. Viven en barrios sin cloacas, en trabajos precarios, en aulas deterioradas, en hospitales agotados. No comen likes. No pagan el alquiler con consignas. No curan la angustia con cadenas nacionales ni con tuits ingeniosos.
Y sin embargo, allí siguen. Esperando que alguna vez la política los mire de frente.
Por
Claudio Novillo
Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis
Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.
