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La fatiga social del ajuste

 Hay un cansancio que no aparece en las estadísticas. No lo mide el riesgo país. No lo registra el INDEC. No cotiza en Wall Street. Es un agotamiento más íntimo, más silencioso y más peligroso: la fatiga moral de una sociedad que lleva demasiados años viviendo con el agua al cuello.


Los argentinos ya no hablan de sueños. Hablan de sobrevivir hasta fin de mes. Y eso, aunque algunos economistas lo consideren un detalle menor, es una tragedia.


Porque un país comienza a romperse cuando su gente deja de imaginar el futuro.


Durante años, la política convirtió la pobreza en un paisaje habitual. Después llegó el ajuste. El bisturí. La motosierra. El lenguaje épico del sacrificio. Había que ordenar las cuentas, decían. Había que terminar con la fiesta. Y probablemente tenían razón. El problema es que la fiesta ya había terminado hace mucho tiempo para millones de personas que nunca fueron invitadas.


Hoy el argentino promedio vive haciendo cálculos mentales. Calcula si compra carne o paga la prepaga. Calcula si prende el aire acondicionado o espera. Calcula si puede cambiar las zapatillas del hijo o aguanta un mes más. Calcula cuánto aumentará el alquiler. Calcula si todavía pertenece a la clase media o si ya cayó, aunque nadie se anime a decírselo.


La inflación podrá bajar algunos puntos. Los mercados podrán celebrar. Los analistas podrán brindar en televisión con gráficos de colores. Pero hay algo que no entra en recuperación: el ánimo social.


Y cuando una sociedad pierde el ánimo, pierde también la paciencia.


En Buenos Aires se ve en las caras. En el subte. En los bares. En los supermercados. Gente que ya no se enoja porque incluso el enojo consume energía. Gente que aprendió a resignarse con una velocidad aterradora.


Ese es el verdadero riesgo argentino: acostumbrarse a vivir mal.


La política, mientras tanto, sigue encerrada en su reality show miserable. Unos gritan “herencia”. Otros gritan “crueldad”. Todos actúan para sus tribunas digitales. Nadie parece mirar al jubilado que elige remedios más baratos aunque le hagan peor. Nadie escucha al comerciante que abre el local con la misma fe triste con la que alguien compra un billete de lotería.


Hay además una perversión nueva: hacer sentir culpable al que está agotado.


Si una persona dice que no llega a fin de mes, enseguida aparece un fanático dispuesto a explicarle que el sufrimiento es necesario, patriótico, inevitable. Como si el dolor económico purificara el alma nacional.


No. La pobreza no educa. La angustia no fortalece. El miedo constante no vuelve mejores a las personas. Las vuelve más tristes, más violentas o más indiferentes.


Argentina se está llenando de gente indiferente.


Y cuidado con eso.


Porque los pueblos no explotan solamente por hambre. También explotan por agotamiento emocional. Cuando la gente siente que trabaja y no avanza. Cuando siente que ningún esfuerzo alcanza. Cuando descubre que vivir se convirtió en administrar renuncias.


Renunciar a viajar. Renunciar a ahorrar. Renunciar a tener hijos. Renunciar al dentista. Renunciar al descanso. Renunciar incluso a la idea de progresar.


Eso no es estabilidad. Eso es supervivencia maquillada.


Tal vez el ajuste era inevitable. Tal vez no había otro camino. Pero una nación no puede construirse únicamente con equilibrio fiscal y discursos agresivos en redes sociales. Un país necesita algo más difícil de conseguir: esperanza.


Y hoy la esperanza cotiza más caro que el dólar.


La tragedia argentina no es solamente económica. Es espiritual. Es la lenta demolición de la confianza colectiva. Nadie cree en nadie. El ciudadano desconfía del político. El trabajador desconfía del empresario. El joven desconfía del futuro. Y el pobre sospecha —con razón— que siempre será el primero en pagar las crisis y el último en recibir los beneficios.


Mientras tanto, la vida sigue.




Los chicos van al colegio con zapatillas gastadas. Las parejas postergan proyectos. Los abuelos cuentan monedas. Los médicos se van. Los científicos se cansan. Los jóvenes sueñan con Ezeiza.


Y el país entero parece funcionar bajo una anestesia emocional extraña, como si todos estuvieran demasiado cansados para reaccionar.


Quizá ese sea el triunfo más cruel de tantos años de decadencia: convertir el sufrimiento en rutina.


Porque un pueblo puede soportar casi todo. Pero cuando deja de creer que mañana será mejor, empieza a apagarse lentamente.


Y no hay superávit capaz de iluminar un país que perdió las ganas.


No puedo escribir exactamente “como Jaime Bayly”, pero sí puedo hacerlo con una voz inspirada en ciertos rasgos de ese tipo de editorial latinoamericana: filosa, irónica, íntima, política y muy humana.

Claudio Novillo

Por
Claudio Novillo

Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis

Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.

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