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Del Ágora a la Salada


Hay algo que me produce una melancolía ácida al observar la Argentina actual, o más específicamente, ese espécimen en peligro de extinción llamado Buenos Aires.


Para quienes crecimos admirándola, el país siempre fue un faro, el referente ineludible. Aquellos que se sometían al calvario de viajar doce horas —cuando viajar todavía tenía algo de romántico y no era solo un ejercicio de supervivencia aeroportuaria— se topaban con una ciudad "europea" incrustada en el barro del Río de la Plata. 


En la calle Florida, el deporte nacional no era el esquive de "arbolitos" gritando tasas de cambio, sino el debate. La gente se paraba a discutir; las veredas eran un foro, un ágora donde el intelecto no pedía permiso para circular.


Se hablaba de política con la pasión de un constituyente, de fútbol con la táctica de un filósofo y de economía con la fe de un converso. Pero, por sobre todo, había respeto. Sí, existía la urgencia porteña de siempre, esa neurosis de llegar cinco minutos tarde a todos lados, pero se llevaba con otra mirada, con otra presentación.


 Era una ciudad griega por lo dialéctico, romana por lo monumental y francesa por esa elegancia un tanto snob pero fascinante. Era una metrópoli magnífica que caminé y extrañé una y mil veces. Yo a esa ciudad, simplemente, la amaba.


Sin embargo, esa Buenos Aires acogedora, culta, generosa y vibrante está entrando en una fase de rigor mortis. ¡La estoy viendo morir en tiempo real, y sin cuidados paliativos!


Asistimos al repliegue táctico de la cultura hacia cuevas de resistencia cada vez más pequeñas. 


El porteño contemporáneo parece estar renegando de aquello que le dio prestigio mundial: esa "argentinidad" que era una mezcla explosiva de sofisticación, humanidad y una sociabilidad casi agresiva de tan afectuosa. Hoy, esa mezcla se ha vuelto rancia. 


Quizás la Argentina que está naciendo bajo el ruido de las redes sociales y el mal humor social sea "mejor" según algún parámetro moderno que no alcanzo a comprender, pero la que yo admiré se está desvaneciendo.


Me da una pena infinita ver cómo desaparece ese argentino tolerante y culto, aquel que era "leído" incluso en lo popular. Ese hombre que en el parque, en el colectivo o acodado en el estaño de un bar, te soltaba una cita de Borges o una máxima de barrio con la misma naturalidad con la que pedía un cortado.


Conversar con ellos era una emboscada de brillantez. Mi tío Tito era el epítome de esos tiempos: un dandy del pensamiento lateral que hoy sería un alienígena en una ciudad donde todos caminan tensos, con el ceño fruncido y, digámoslo de una vez, con una desprolijidad estética que ya no es rebeldía, sino pura desidia.


La decadencia es sistémica. Las librerías, esos antiguos templos de la ciudad, bajan sus persianas para dar paso a locales de fundas de celulares o dietéticas de dudosa procedencia. 


En los colegios, la memoria parece haberse vuelto un archivo corrupto que nadie quiere abrir; la historia se está evaporando de las aulas, reemplazada por un presente perpetuo y amnésico. 


Estamos cambiando el debate por el grito y la biblioteca por el algoritmo.


Buenos Aires ya no nos seduce, ahora nos ignora, mientras se apaga la luz de una civilización que prefería discutir un libro antes que sobrevivir a la próxima crisis.

Claudio Novillo

Por
Claudio Novillo

Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis

Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.

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