El Megane avanzaba despacio por las calles de San Miguel de Tucumán, como si quisiera retener cada instante de aquella primavera. Malca, en silencio, miraba los cerros de Yerbabuena; atrás, Alita y Patri reían, buscando en la ligereza un refugio contra la sombra que ya se acercaba.
El calor los empujó al Súper Libertad. En el estacionamiento, la tarde se deshacía en penumbra. Las hermanas bajaron raudas, persiguiendo un helado, y el aire quedó suspendido dentro del auto.
Claudio, al volante, miraba sin mirar. Entonces, una mano temblorosa quebró la quietud: era Malca, con los ojos húmedos.
—Claudio… —susurró—. Vos ves lo que todavía no ha pasado… ¿me voy a morir?
El tiempo se detuvo. Claudio apretó el volante, buscó en la rutina de la gente una respuesta que no existía. Cerró los ojos, quiso inventar una mentira piadosa, pero la verdad lo atravesó.
—Malquita… —dijo con voz quebrada—. Sí.
Ella bajó la mirada, como quien se despide del mundo en silencio. Afuera, un pájaro cruzó el cielo y Malca lo siguió con los ojos, como si volara con él. Claudio le tomó la mano:
—No estás sola. Tus hijas, tus nietas, todos te queremos. Tu nombre quedará en nosotros como un canto que no muere.
La noche cayó sobre el estacionamiento. El Súper Libertad cerraba sus puertas, pero en aquel auto se había escrito una verdad eterna: la fragilidad de la vida y la fuerza del amor.
Malca, con su hidalguía callada, dejó sembrada una certeza: que la muerte no borra lo vivido, sino que lo guarda en la memoria como un fuego que nunca se apaga.
Y así, bajo la penumbra de aquella tarde, comprendieron que el amor sería su eternidad.
Por
Claudio Novillo
Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis
Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.
