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Culpables de diseñar adicción

 


No fue un trueno. Fue algo peor: un veredicto. Seco, quirúrgico, sin metáforas. Un jurado en Los Ángeles decidió decir en voz alta lo que medio mundo sospechaba en silencio: que las plataformas más luminosas de nuestra vida cotidiana tienen un diseño oscuro. Que no son inocentes. Que no son neutras. Que seducen. Y que, peor aún, saben a quién están seduciendo.


No es solo un fallo judicial; es una grieta moral.


Durante años, la narrativa fue cómoda: la tecnología como herramienta, como extensión de la libertad humana. Si alguien se perdía en el scroll infinito, era su culpa. Falta de carácter. Déficit de disciplina. Pero ahora, de pronto, la responsabilidad se desplaza. Ya no somos únicamente nosotros, con nuestros pulgares nerviosos y nuestra necesidad infantil de aprobación. Hay arquitectos. Hay decisiones deliberadas. Hay ingeniería del deseo.


Y hay niños.


Ahí es donde la sentencia deja de ser abstracta y se vuelve incómoda. Porque un adulto puede —en teoría— pactar con su propia adicción. Puede elegir perder el tiempo, diluirse en la pantalla, hipotecar su atención. Pero un niño no elige: es elegido. Es capturado. Es entrenado en una lógica de recompensa inmediata que no comprende pero que lo modela.


Lo perturbador no es que estas plataformas sean adictivas. Lo verdaderamente inquietante es que ese haya sido el plan.


Silicon Valley, con su estética de sudaderas y discursos de innovación, siempre cultivó una imagen de ingenuidad sofisticada: “solo conectamos al mundo”, decían, como si conectar fuera un acto inocente, casi humanitario. Ahora el jurado ha sugerido otra cosa: que conectar también puede ser encadenar.


Pero no nos apresuremos a celebrar la caída de los titanes. Hay algo de hipocresía en el aire, un perfume rancio de justicia tardía. Porque este modelo no creció en la oscuridad. Creció a la vista de todos, alimentado por nuestra fascinación, nuestra dependencia, nuestra incapacidad de soltar el dispositivo ni siquiera cuando nos prometemos hacerlo.


Entonces, ¿qué se pierde con este fallo?


Se pierde, quizás, la última ilusión de inocencia tecnológica. Ya no podemos fingir que no sabíamos. Se pierde también una cierta comodidad: la de culpar exclusivamente al individuo. Ahora hay que mirar más arriba, hacia estructuras, hacia modelos de negocio, hacia algoritmos que no sienten culpa pero sí optimizan resultados.


Y, curiosamente, también se pierde algo más: la ligereza. Ese uso despreocupado, casi lúdico, de las plataformas. Porque una vez que sabes que algo está diseñado para atraparte, ya no es lo mismo caer en él. La conciencia arruina el placer.


¿Y qué se gana?


Se gana un lenguaje. Una forma de nombrar el problema sin rodeos. Adicción. Negligencia. Diseño deliberado. Palabras incómodas que obligan a repensar el vínculo entre humanos y tecnología.


Se gana, tal vez, una oportunidad —mínima, frágil— de regulación real. De límites. De preguntarse si todo lo que puede diseñarse debería diseñarse. De cuestionar esa ética empresarial que mide el éxito en minutos retenidos, sin importar a quién se le están robando.


Pero también se gana algo más inquietante: la confirmación de que estamos dispuestos a llegar muy lejos antes de decir basta. Que necesitamos que un jurado lo declare para admitir lo evidente. Que la evidencia, por sí sola, no alcanza.


El veredicto no cierra nada. Abre. Expone. Desnuda.


Y nos deja en una posición incómoda: la de espectadores de un sistema que nos daña y, al mismo tiempo, nos resulta irresistible. Como si estuviéramos viendo un incendio… desde adentro.


Por: Claudio Novillo

Si deseas conocer sobre mi trayectoria de más de 40 años en medios de comunicación, te invito a leer mi biografía aquí:
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