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"El fusilado de Halachó"



Algunos hablan de milagro y otros de un ser que no era de este planeta. Recibió 8 disparos del pelotón de ejecución y el tiro de gracia en la cabeza. Y sobrevivió hasta los 86 años.


Todo arranca en 1915, en plena Revolución mexicana. Wenceslao vivía en Halachó, en la península de Yucatán, y estaba alistado en el ejército rebelde de Pancho Villa que luchaba por la liberación de México.


Las agitaciones políticas de principios del siglo XX se convirtieron en tentativas bélicas. Así se improvisaron varios batallones de ingenuos que fueron a recibir a Salvador Alvarado y a la Revolución Mexicana a balazos. 



Alvarado venía con instrucciones de Venustiano Carranza de disciplinar a Yucatán. Jovencitos de la sociedad meridana se unieron a esta cándida cruzada, entre ellos Gonzalo Ponce Cámara, Chequech Cantillo, Marat Manzanilla, Antonio Palomeque Pérez de Hermida y los hermanos Hugo y Julio Molina Font junto al protagonista de la historia: Wenceslao Moguel.


Dicho de paso, fue la primera batalla en la que participó la Fuerza Aérea Mexicana porque participó un avión que sobrevoló y disparó a cielo abierto a estos muchachos.


Los batallones fueron vencidos sin mayores esfuerzos en Poc Boc y Blancaflor, consumándose los fusilamientos de rigor en la localidad de Halachò. Wenceslao una persona muy joven entonces -con menos de 20 años- como muchos otros que se habían alistado con las ansias de luchar por la libertad. 

Hacienda Blanca Flor, testigo mudo de batallas en Campeche



Fue una masacre de pequeños que no sabían ni disparar y se enfrentaron contra un ejército apto, que había guerreado en un montón de batallas, bien armado. Fue un acto suicida. En medio de una batalla innecesariamente sangrienta, los jóvenes con ideales fueron asesinados fácilmente, hasta que el 16 de marzo de 1915, el batallón de Wenceslao fue masacrado. Los pocos que sobrevivieron enfrentaron un jurado, que en menos de media hora, los condenó a muerte por fusilamiento.


FRENTE AL PELOTÓN DE FUSILAMIENTO



Wenceslao fue a parar al último grupo con destino al paredón. Al llegar el momento, quedó sólo de pie, frente a los rifles de los soldados. A sus lados, un tanto alejados, otros adolescentes amigos suyos, esperaban la muerte.


El muchacho logró escuchar la orden de disparar y un grito desgarrador del que nunca se olvidaría. Sintió el impacto de las balas junto a un olor extraño, mezcla de pólvora y sangre. Las balas traspasaron su lado derecho y otra quedó alojada en el muslo izquierdo. Ninguna le tocó órgano vital alguno.


Fueron ocho los tiros del pelotón y Wenceslao cayó en medio de otros cuerpos mientras la sangre se amalgamaba con la tierra formando un barrial. Los soldados se acercaron a los cuerpos inertes y cumplieron la orden: el "disparo de gracia" a cada uno de los caídos.


Ese aparente "acto de misericordia" también le tocó a Wenceslao, que recibió el disparo en la mandíbula en cambio de la sien. Le atravesó una mejilla, quebrándole la boca y destrozándole la mitad de la lengua. Allí quedó tendido el pobre muchacho que luchaba por la libertad.


El ejército no se detuvo a enterrar los cuerpos, dejando allí los cadáveres para que sirvieran "de lección". Entre ellos estaba Wenceslao, que sintió que la muerte le había perdonado. Abrió los ojos observando un profundo cielo azul.


LA MUERTE QUE NO FUE MUERTE

Casi arrastrándose, bañado en sangre avanzó a duras penas, casí arrastrándose por aquella interminable calle, logró recorrer un poco más de 300 metros y cayó desmayado ante el portal de la iglesia de St. James Apostle. 


Todo ese plomo no fue suficiente para segar la vida del joven reaccionario, que agonizaba en el suelo, entre los estertores de la muerte y la sangre que brotaba de su lánguido cuerpo. Ante su férrea lucha por vivir, fue socorrido por una mujer que buscó ayuda médica, mientras algunos aldeanos lo arrastraron hasta la sacristía de la iglesia de Halachó, cubriéndolo con la sotana de Santiaguito de Halachó, santo de culto, que presidía la iglesia, de acuerdo al cronista de la ciudad, Gonzalo Navarrete.


Le creyeron más cerca de la muerte y que poco se podría hacer por este joven desfigurado y con el cuerpo agujereado. Pero lo increíble sucedió, convirtiéndose Wenceslao, en mito. Había nacido "El fusilado de Halachó".


Al día siguiente, lo llevaron a Mérida, al hospital O'Horán donde lo atendieron, le sacaron las balas, lo cosieron y se fue restableciendo. Tras un largo periodo de recuperación transcurrido en clandestinidad para evitar ser apresado por las fuerzas gubernamentales, Wenceslao se marchó a Campeche. 



Entre la tropa de Alvarado comenzó a correr el rumor: "Hay un fusilado que vive", pero por orden de Alvarado no se procedió a buscar, ni a indagar sobre el paradero del evadido.



A pesar de su cara desfigurada, Wenceslao comenzó vivir normalmente, formando una familia. Caminaba lentamente, tenía cicatrices en las manos y por el tiro que le entró en las mejillas, tenía hundidos los cachetes y hablaba con mucha dificultad.

En 1918, a tres años de la batalla, le llegó la fama cuando su historia fuera descubierta y aprovechada por LeRoy Robert Ripley, un humorista gráfico, que tenía un programa de radio escuchado por millones y que además, propietario de un famoso museo de hechos curiosos y sorprendentes. Famoso por sus columnas periodísticas en diarios, programas de televisión y programas de radio titulados "Ripley, ¡aunque usted no lo crea!", donde presentaba datos extraños y curiosos procedentes de todo el mundo. Lo llevó a Estados Unidos, logrando que la historia de Wenceslao fuera conocida por cientos de miles de personas y la vida del joven mejorara significativamente. 


La fama de Wenceslao Moguel se hizo tan grande, que tuvo que recorrer varias ciudades contando su histórico fusilamientos, miles de veces. La muerte le llegó de manera natural, el 29 de julio de 1976, a poco de cumplir 86 años.


En aquel fusilamiento también se salvaron los hermanos Molina Font, porque así lo quiso el comandante militar Salvador Alvarado, queriendo congratularse con la sociedad de Yucatán, al saber que eran sobrinos de don Olegario Molina Solís, un poderoso hacendado henequenero y secretario de Fomento Económico en el gobierno de Porfirio Díaz. 


Como en las películas se escuchó un caballo y era don Pablo Garza Leal -secretario de Alvarado- que venía a los gritos portando una carta del General Alvarado que los indultaba y los perdonaba de la aplicación de la pena capital a los Molina Font. Los mismos fueron conducidos a la ciudad de Mérida.


Moguel mantuvo amistad con los hermanos Molina Fot toda su vida y de don Hugo recibió apoyo económico hasta su vejez.


Desde luego, la historia se encargó de determinar que él no es un héroe, por el contrario, pero a la vez era una muestra de la misericordia de Alvarado, una muestra que el general no era un asesino; los fusilamientos eran considerados actos de batalla, pues entonces no había una Convención de Ginebra.


Aunque todavía muchos se preguntan si fue un milagro o si ese hombre era un ser especial. Nadie nunca lo sabrá…