El pantalón tiene raíces celtas y nos acompaña desde hace más de dos mil seiscientos años. Nació como prenda masculina, pensada para la movilidad y el combate.
Durante mucho tiempo, el pantalón no fue una opción para ellas. Antes de vestirlo, hubo que ganarse el derecho. Y cuentan que una de las primeras batallas por esa conquista se libró en un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha, en la provincia de Ciudad Real: Tomelloso.
Corría el año 1825. El pueblo vivía del cultivo de la vid y de la búsqueda de espacios para guardar las cosechas. Proteger los vinos de los bruscos cambios de clima era una tarea enorme. Así, los tomelloseros idearon una solución ingeniosa: ampliar los sótanos de sus casas y convertirlos en bodegas subterráneas, las cuevas de Tomelloso. En su construcción, hombres y mujeres trabajaron codo a codo, bajo tierra, entre el olor a cal y a mosto, compartiendo esfuerzo y silencio. Allí, entre el polvo y las piedras, el pantalón empezó a dejar de ser una frontera.
Raquel estaba empapada de sudor. Apenas sobrepasaba los treinta años. Su cabeza, envuelta en una tela descolorida, dejaba escapar hebras de cabello rubio que brillaban bajo la luz temblorosa de las lumbres. Sus grandes ojos celestes, anegados de lágrimas, irradiaban una furia contenida que parecía abrazarle el alma. La amplia pollera, rasgada y endurecida por costrones de arcilla, dejaba ver entre jirones unas piernas blancas y fuertes, surcadas por cientos de raspaduras que exponían la carne viva.
Resopló, fatigada y adolorida. Era otra jornada intensa.
El trabajo era duro, pero necesario. Raquel era una de las terreras, mujeres encargadas de retirar la tierra acumulada por los picadores que horadaban el subsuelo para abrir bóvedas de medio punto. Con grandes palas de madera cargaban la tierra en cestos, que luego otras compañeras izaban con poleas hacia la superficie. En su familia el dinero era vital, y tanto ella como su esposo, José María, trabajaban juntos: él, picador, perforaba la tierra con su pico afilado; ella, terrera, la retiraba palada tras palada.
Se secó la transpiración con la manga y volcó la tierra en un cesto enganchado a la cuerda que ascendía lentamente hacia el exterior. Dos… diez… veinte paladas más. Apoyó la pala contra el suelo, aferrándose al mango como si fuera un bastón. Respiró hondo, y en ese instante escuchó el llamado de una compañera: era tiempo de descanso. Dejó las herramientas y, con movimientos pesados, se trepó por la rudimentaria escalera de la lumbrera, emergiendo al exterior como quien regresa de otro mundo.
Aspiró profundamente aire puro y se acercó al grupo de mujeres que, agobiadas por el calor y la fatiga, descansaban bajo la sombra generosa de una higuera. Bebió del agua fresca de una tinaja de barro y sintió cómo la vida volvía a recorrerle el cuerpo. Miró a sus compañeras con una sonrisa breve: todas compartían el mismo aspecto, desalineadas, sucias, con las piernas marcadas.
Raquel siempre fue rebelde. Nunca se conformaba. Era la disonancia en aquella pequeña comunidad española donde los roles de hombres y mujeres estaban férreamente definidos. Esa tarde, mientras el sudor se mezclaba con la arcilla en su piel, comprendió que debía tomar una decisión. Se repitió una y otra vez que el momento había llegado. Juntó determinación y lo concretó.
Se acercó al grupo con paso firme y, trepándose sobre un par de contenedores de madera apilados, comenzó a hablar. Al principio su voz fue suave, casi un murmullo, pero poco a poco se volvió más enfática, firme, autoritaria:
—Amigas mías, acudo a ustedes porque necesito que todas participen. Hasta aquí llegamos. Ya no podemos soportar tal maltrato. Todos los días sufrimos heridas en nuestras piernas por tener que arrastrarnos y rozar permanentemente con la tierra, la arena y el barro.
Algunas levantaron la vista intrigadas, otras se acercaron para escuchar mejor. Hubo quienes siguieron en lo suyo, y alguna corrió rauda a avisar al capataz.
Raquel, sin detenerse, continuó su alocución, cada palabra cargada de la fuerza de quien sabe que está abriendo una grieta en el silencio.
—¿No se dan cuenta? —tronó Raquel, con la voz quebrada por la rabia—. Muchas de las heridas que cargamos nos han condenado de por vida. ¿Acaso olvidaron a Etelvina? Todos la conocen. Al principio apenas podía sentarse, con las piernas y las caderas inflamadas. Se acomodaba entre cojines, y después…nunca volvió a caminar bien. Eso que sufrimos no es simple desgaste: es violencia contra nosotras, aquí mismo, en el lugar donde trabajamos.
Su mirada recorrió los rostros cansados, y el silencio se volvió expectante. Raquel levantó la voz, firme, vibrante:
—Llegó el momento de dejar atrás estas faldas incómodas y adoptar los pantalones que usan los hombres. ¡Sí, los mismos! Porque también pueden ser nuestros. Con ellos tendremos comodidad, libertad de movimiento, protección contra el frío y contra la tierra que nos desgarra la piel. Y, sobre todo, dejaremos de vivir con el miedo constante de mostrar más de lo que la sociedad nos permite.
Clara, su amiga inseparable, murmuró con voz apagada:
—Pero Raquel… la sociedad jamás aceptará que nos vistamos como hombres.
Raquel se irguió, con los ojos encendidos:
—¡Basta! ¿Cuántas veces hemos remendado nuestros harapos y curado nuestras heridas en silencio? Es injusto. Cada día cargamos cientos de kilos de tierra, arrastrándonos por pasadizos estrechos, rozando nuestro cuerpo contra cantos filosos, y nadie se detiene a mirarnos. No odio a los hombres ni busco que se los odie. Pero sé, con certeza, que esto no puede continuar. Hasta montar a caballo se convierte en condena con estas faldas. Somos víctimas por haber nacido mujeres, obligadas a preservar una feminidad que nos encierra.
Las mujeres comenzaron a acercarse, una tras otra, como atraídas por la fuerza de sus palabras. El murmullo se transformó en un coro de aprobación. Raquel, desde su improvisado púlpito de cajones, alzó la voz aún más:
—Sé que nuestro pedido incomodará. Pero debemos ser fuertes. No pedimos lujos, pedimos dignidad. Una prenda simple, humilde, que nos permita trabajar con menos dolor. Soy de Tomelloso, una de ustedes, y me conocen bien. Jamás le hice asco al trabajo. Pero también sé que tengo derecho a decidir cómo cubrir mi cuerpo. Este es nuestro problema, y nos importa a todas. Por eso debemos unirnos y actuar juntas, con un solo objetivo: mejorar nuestras vidas.
De pronto, un grupo de hombres irrumpió en la escena. El capataz, alto, musculoso, de rostro grave, primo del padre de Raquel, avanzó con paso firme. La bajó de los cajones con brusquedad, regañándola frente a todos. Hubo empujones, hubo gritos. Raquel soportó en silencio, pero su mirada no se quebró. Al contrario, se endureció.
—¡Todas vuelvan al trabajo! —vociferó el capataz—. ¡Esta muchacha será nuestra perdición! Ya hablaré con tu marido y con tu padre.
Raquel, aún con el polvo en la ropa y la furia en los ojos, comprendió que nada la detendría. Desde ese instante, su objetivo quedó sellado: lograr que todas las
mujeres vistieran pantalones para trabajar.
Así, Raquel y las terreras comenzaron reunión tras reunión, buscando convencer a propios y extraños. Pronto se sumaron también las "lieras", encargadas de retirar las madres del vino. El nombre de Raquel y su causa ya revoloteaba en la atención de los pobladores de la región. Su figura destacaba no sólo por la lucha, sino por sus talentos y carácter indomable. Lo que pedía era simple, pero sus implicancias para la época resultaban imprevisibles.
En el pueblo, muchos murmuraban con temor. Algunos suplicaban que aquella “manía” no prosperara. ¿Cómo podía una mujer pretender usar una prenda tan masculina? El cura de la parroquia, desde el púlpito, citaba con voz solemne las escrituras del Antiguo Testamento:
—No vestirá ropaje de hombre la mujer, ni el hombre vestirá ropaje de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace.(Deuteronomio 22:5)
Las palabras resonaban en las paredes de la iglesia, alimentando la duda entre los parroquianos. ¿Era correcto que las mujeres adoptaran vestimentas masculinas? Incluso los ancianos del consejo discutían el asunto como si se tratara de una moda pasajera.
La tensión creció tanto que su propio marido le pidió que se quedara en casa hasta que los ánimos se calmaran. Pero Raquel no era dócil.
—¿Por qué dicen que estoy loca? —respondía con calma, mirando a todos—. ¿No ven que hablo con serenidad? Sólo quiero un cambio para bien.
Su madre, intentando apaciguar la tormenta, intervenía:
—Déjenmela a mí. Esta niña entrará en razón.
Pero Raquel permanecía firme, inquebrantable. El ambiente se espesaba.
—Con esta mujer no se puede —decían algunos, retirándose con gesto de derrota.
Fue entonces cuando tomó una decisión drástica: se cortó el cabello, se vistió con ropa de hombre —ilegal en la región— y salió a la calle rumbo al Ayuntamiento. Las autoridades, tras reprenderla y ante su negativa de dar marcha atrás, la encerraron en una celda.
La respuesta no se hizo esperar. Al día siguiente, un grupo de mujeres se presentó en la alcaldía exigiendo su libertad y reclamando el derecho a usar pantalones. La escena provocó fascinación y preocupación a partes iguales.
Liberada, Raquel organizó reuniones diarias frente a la Posada de los Portales, en la plaza principal. Mujeres con pantalones se congregaban allí, mientras grupos defensores de la “moral pública” aguardaban para insultarlas. La contienda duró semanas. Hubo refuerzos policiales, enfrentamientos, y más encargos de pantalones que nunca. Lo que debía intimidarlas, las fortalecía.
Finalmente, llegó el día. Raquel y las mujeres de Tomelloso se enfundaron pantalones largos para trabajar, y nadie volvió a objetar. Un hecho inédito en España. Las terreras se convirtieron en símbolo de Tomelloso y en ejemplo de lucha por la igualdad.
Hoy, en la plaza principal, una representación recuerda que aquellas mujeres fueron clave para el desarrollo económico de la ciudad manchega y pioneras de un hito hacia la verdadera igualdad de género.
Por
Claudio Novillo
Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis
Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.
