Vivimos instalados en una suerte de autocomplacencia suicida, una anestesia colectiva que nos permite desayunar frente a los titulares de la catástrofe sin que el café se nos enfríe.
Nos hemos acostumbrado a la gramática del apocalipsis. Como si el fin de los tiempos fuera, simplemente, una sección más del periódico o una notificación intrusiva en la pantalla del móvil, hemos domesticado el horror. Pero, bajo esta capa de barniz civilizatorio, el tablero de juego mundial ha dejado de ser un tablero de ajedrez para convertirse en una mesa de ruleta rusa donde, esta vez, parece que hay más balas que espacios vacíos en el tambor.La Guerra Fría, con su cortina de hierro y su miedo nuclear, era, en retrospectiva, un ejercicio de cordura. La destrucción mutua asegurada era un freno, una disciplina del pánico que nos mantenía a todos en fila, temblando, sí, pero vivos. El terror era un catalizador de la prudencia. Hoy, en cambio, la vieja estructura se ha oxidado y los frenos han sido cortados. Ya no hay un duelo de bloques perfectamente definidos, sino una coreografía de locura, donde los actores han perdido el libreto y el director de escena ha huido del teatro.
Europa, ese viejo continente que se creía jubilado de la historia violenta, se despierta ahora con el ruido sordo de los cañones en Ucrania. La Rusia de Putin, envuelta en un delirio mesiánico, ha convertido al país vecino en un matadero interminable. Y ahí, ante el espejo roto de Kiev, Europa descubre con horror que ha olvidado cómo defenderse, y corre —tarde, siempre tarde— a rearmarse, mientras el miedo a una escalada que borre ciudades del mapa ya no es una hipótesis académica, sino una posibilidad con olor a ozono.
Pero el centro de gravedad del caos se desplaza, como un sismo, hacia el Medio Oriente. Allí, la danza macabra entre Irán, Israel y Estados Unidos ha entrado en una fase de desinhibición peligrosa. La pregunta ya no es si el conflicto puede estallar, sino cuándo, y quién tendrá la mano menos temblorosa al pulsar el botón. ¿Podría Israel atacar primero? La sola formulación de la pregunta es el síntoma de una fractura insalvable. Washington, mientras tanto, navega entre la soberbia de quien se sabe el imperio decadente y el pánico del que ya no puede controlar a sus clientes, preparándose, en el silencio de los pasillos, para un mundo donde sus portaviones ya no son la ley, sino meros blancos de lujo.
Mientras los protagonistas se desangran y se desgastan en esta trifulca de alcances inciertos, China observa. China no es un jugador, es el croupier que sabe que la casa siempre gana. Beijing contempla el desfile de las debilidades ajenas con una paciencia milenaria, esperando a que el desgaste de Occidente alcance su punto de inflexión para reclamar lo que considera su destino: Taiwán, y con ello, el cetro del mundo. Es una espera depredadora, un silencio estratégico que grita más fuerte que las bravatas de los generales.
En los márgenes, Corea del Norte —ese estrafalario reino del aislamiento— mide sus pasos, evaluando en qué rincón del mapa puede soltar su propia provocación sin que el peso de las sanciones termine de asfixiar su parodia de nación. Es un actor secundario que busca su momento de gloria en el caos generalizado.
El mundo atraviesa una etapa de demencia colectiva donde la diplomacia ha dejado de ser un arte para convertirse en un ejercicio de cinismo forense. Ya no negociamos la paz; simplemente calculamos cuántas ruinas estamos dispuestos a tolerar antes de que el siguiente misil hipersónico nos despierte del sueño de la hegemonía.
Lo más desolador no es la proximidad del abismo, sino la certeza de que, llegado el momento, los hombres que sostienen el detonador nos pedirán que miremos hacia otro lado para que el resplandor no nos ciegue. Estamos atrapados en una partida donde el tablero se ha vuelto tan pequeño que los jugadores ya no pueden evitar rozarse los codos mientras sostienen el cuchillo. Mientras tanto, nosotros, el público de esta función grotesca, nos aferramos al rito de la cotidianidad, ignorando que el humo que ya inunda los pasillos no proviene de la cocina del vecino, sino de los cimientos del teatro. El incendio ha comenzado, y lo único que nos diferencia de la ceniza es que aún tenemos tiempo para darnos cuenta de que, en esta obra, nadie saldrá a saludar.
¿Cree usted que esta espiral de tensión tiene algún mecanismo institucional capaz de frenarla, o nos hemos entregado definitivamente a la inercia del choque inevitable?
Por
Claudio Novillo
Periodista | Ciencia | Actualidad | Analisis
Mas de 40 anos de trayectoria en medios de comunicacion, con una mirada comprometida con la informacion y el pensamiento critico.
