La experiencia espacial es un laboratorio existencial que expone la liviandad de las religiones y desarma sus certezas heredadas. La religión, con sus dogmas y relatos solemnes, fue edificada sobre la base de un mundo pequeño: un cielo arriba, una tierra abajo y una humanidad convencida de ocupar el centro del escenario. Bastó alejarse unos kilómetros para que esa escenografía milenaria empezara a parecer utilería. El astronauta, al contemplar la Tierra como un punto suspendido en la oscuridad, descubre que aquellas categorías eran menos eternas de lo anunciado.
No hay revelación que resista la perspectiva orbital. Desde arriba no se ven pueblos elegidos, territorios sagrados ni fronteras bendecidas: sólo una esfera frágil compartida por todos. Las religiones dividieron lo que la geografía une, santificaron accidentes históricos y llamaron voluntad divina a intereses demasiado humanos. Lo sagrado, observado a distancia, suele reducirse a costumbre con pretensiones.
La ciencia, por su parte, no ofrece consuelo, pero sí resultados. La física orbital, la biología en microgravedad, la ingeniería que mantiene con vida a un cuerpo humano en condiciones hostiles: todo ello es verificable, reproducible, medible. La religión, en cambio, se sostiene en la fe, esa vieja habilidad de declarar certezas sin pasar por la incómoda aduana de la prueba. El contraste es incómodo: mientras la ciencia permite sobrevivir en el vacío, la religión apenas ofrece frases para sobrellevarlo.
Cada tornillo de una nave espacial refuta más superstición que mil sermones. Ningún satélite entra en órbita por plegaria, ningún sistema de soporte vital funciona por devoción, ninguna avería se corrige citando escrituras. Allí donde fallan las ecuaciones, muere la misión; donde fallan los dogmas, apenas nace una nueva interpretación. Esa elasticidad infinita es precisamente la prueba de su inconsistencia.
Sin embargo, el astronauta no escapa a la dimensión espiritual de su experiencia. La visión del cosmos despierta preguntas que la ciencia no resuelve: ¿por qué existe algo en lugar de nada?, ¿qué sentido tiene la vida en un universo indiferente? Allí la religión intenta intervenir, aunque sus respuestas suenan demasiado humanas, demasiado domésticas, casi provincianas frente a una realidad de miles de millones de galaxias. Pretender que el misterio universal cabe entero en textos tribales de la antigüedad exige una fe considerable y un sentido del humor aún mayor.
La religión promete respuestas definitivas allí donde sólo hay preguntas abiertas. Convierte la incertidumbre en culpa, la ignorancia en mandato y el miedo en obediencia. Su éxito histórico no demuestra verdad alguna: también triunfaron la astrología, la esclavitud y la monarquía absoluta. La duración de un error no lo convierte en sabiduría.
El conflicto entre religión y ciencia se intensifica en órbita. La ciencia es la herramienta que hace posible la misión; la religión, un sistema simbólico que envejece mal cuando se lo expone a la evidencia. Ambas nacen del deseo de explicar lo desconocido, pero divergen en método: la ciencia corrige sus errores; la religión suele canonizarlos.
En última instancia, el astronauta regresa con más dudas que respuestas. Si conserva alguna fe, ya no será en dogmas ni instituciones, sino en la intuición de que lo sublime no habita templos ni escrituras. La ciencia seguirá siendo el mapa. Las religiones, en cambio, quedarán como lo que acaso siempre fueron: intentos humanos, ingeniosos pero livianos, de explicar un universo que jamás les pidió permiso para existir.
Por: Claudio Novillo
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