ÚLTIMAS PUBLICACIONES

Celos: el miedo disfrazado de amor



 Los celos, esa vieja trampa: lo que dicen de nosotros cuando creemos que hablan del otro.


Durante siglos se los maquilló como una prueba de amor. Un gesto incómodo pero, al fin y al cabo, “natural”. Algo que confirmaba interés, compromiso, intensidad. Sin embargo, cada vez más voces —desde la psicología clínica hasta la experiencia cotidiana— coinciden en desmontar esa idea: los celos no hablan tanto del otro como de quien los siente.


Conviene empezar por una escena reconocible. Un mensaje que tarda en responderse, una risa compartida con un tercero, un cambio mínimo en la rutina. No hace falta mucho. La imaginación completa el resto con eficacia quirúrgica. El problema no es la escena, sino la interpretación: una lectura que rara vez se apoya en hechos y casi siempre en temores.


Ahí aparece el núcleo del asunto. Los celos no son un radar afinado para detectar amenazas reales, sino un amplificador de inseguridades. Funcionan más como memoria emocional que como percepción objetiva. En otras palabras, lo que se activa no es tanto lo que el otro hace, sino lo que uno teme que ocurra. Y ese temor suele tener historia.


Quienes trabajan en consultorio lo ven con claridad: detrás de los celos hay, con frecuencia, experiencias previas de abandono, traición o desvalorización. A veces son episodios concretos; otras, climas afectivos que dejaron huella. El resultado es una sensibilidad aumentada frente a cualquier señal ambigua. Donde hay duda, el celoso no duda: interpreta.


La cultura, por su parte, no ha sido precisamente un antídoto. Durante años se celebró al celoso como alguien que “ama de verdad”. La literatura, el cine y hasta ciertas canciones populares construyeron una épica de la posesión disfrazada de pasión. No sorprende entonces que muchos confundan control con cuidado, o vigilancia con compromiso.


Pero la evidencia —empírica y cotidiana— va en otra dirección. Los vínculos atravesados por celos persistentes tienden a deteriorarse. No por una fatalidad romántica, sino por mecanismos bastante previsibles: la sospecha constante desgasta, el control asfixia, la necesidad de confirmación permanente agota. El otro deja de ser un interlocutor y pasa a ser un sospechoso en libertad condicional.


Aquí aparece una ironía difícil de esquivar: en nombre de no perder al otro, se adoptan conductas que aumentan la probabilidad de perderlo. La desconfianza, sostenida en el tiempo, no protege el vínculo; lo erosiona. Y lo hace con una lógica silenciosa: cuanto más se controla, menos espacio queda para que la relación respire.


Esto no significa que los celos deban ser negados o patologizados sin más. Sentirlos es, en muchos casos, comprensible. El problema no es la emoción, sino el uso que se hace de ella. Cuando se proyecta hacia afuera —en forma de reproches, interrogatorios o exigencias— se convierte en un problema compartido. Cuando se reconoce como propio, puede ser una pista.


La pregunta, entonces, cambia de dirección. Ya no es “¿qué está haciendo el otro?”, sino “¿qué se está activando en mí?”. No es un giro cómodo, pero sí necesario. Obliga a revisar la propia historia, las expectativas, los miedos. Y, sobre todo, a asumir una responsabilidad que no siempre resulta simpática: la de no convertir la inseguridad propia en una carga ajena.


Para el lector desprevenido —ese que observa a su pareja, o a sí mismo, atravesado por estas escenas— hay una clave sencilla, aunque no siempre fácil de aplicar: distinguir entre hechos e interpretaciones. Los hechos son verificables; las interpretaciones, no. Los celos prosperan en esa zona gris donde la imaginación toma el mando.


También conviene recordar algo que suele perderse en el fragor emocional: la confianza no se impone ni se negocia a base de presión. Se construye, o no se construye. Y cuando no está, ninguna estrategia de control logra reemplazarla sin costos.


Tal vez por eso, más que una señal de amor, los celos son un síntoma. No de lo que el otro es, sino de lo que uno teme. Entenderlos así no los vuelve más agradables, pero sí más inteligibles. Y, en el mejor de los casos, más manejables.


En tiempos donde la exposición y la comparación parecen amplificarse, la tentación de vigilar —al otro, a la relación, incluso a uno mismo— está a la vuelta de la esquina. Resistirla no es un acto de ingenuidad, sino de lucidez. Porque amar, a fin de cuentas, no es vigilar. Y confiar, aunque suene menos épico, sigue siendo la forma más eficaz —y más difícil— de sostener un vínculo.


Por: Claudio Novillo

Si deseas conocer sobre mi trayectoria de más de 40 años en medios de comunicación, te invito a leer mi biografía aquí:
Ingresar >>